De Fusiones Corporativas, el Delirio del Errante y el Choque de Dos Vacíos en el Diván.
Un ser hecho de pura luz terapéutica y paciencia zen asomó la cabeza: era el Doctor Cósmico. Miró de reojo al agujero negro que emitía radiación de Hawking por pura ansiedad, esa energía que teóricamente dicen que emiten, bautizada en honor al científico que no podía mover el cuerpo, pero sí el intelecto, y que antes de partir nos dejó aquel recordatorio:
“Recuerden mirar hacia las estrellas y no hacia sus pies” (consejo que, por supuesto, ignoramos como grandes campeones, comentario al margen).
Luego, el terapeuta dirigió la mirada hacia el sindicato de cucarachas de Madagascar que se atrincheraban en el dispensador de agua. Como encargado de tratar de sanar a semejante contendientes, esbozó una sonrisa ensayada de manual de autoayuda y taller de mindfulness de fin de semana:
-Pasen todos -dijo el terapeuta- Hoy haremos terapia de grupo. Parece que el vacío existencial y la plaga de la globalización sufren del mismo mal: la falta de espacio.
El agujero negro se acomodó en el diván (que se deformó de inmediato bajo su masa molecular), mientras los insectos se trepaban a las cortinas para esquivar los pies del analista. La sesión estaba por comenzar y el destino del Libre Albedrío, si es que alguna vez existió, dependía de las “negociaciones” entre los allí reunidos: un devorador de mundos hiperprogramado, una masa de bichos ilegales que habían convertido un error de logística en su nuevo imperio y partido político, un par de despistados que entraron buscando el baño y algún que otro colifato suelto, de esos que abundan a medida que el cosmos se vuelve más desesperante.
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De pronto, la puerta de titanio del consultorio voló por los aires, convertida en chatarra subatómica (el tentempié preferido de nuestro quisquilloso paciente, comentario al margen).
Irrumpía en la sala, a velocidad de maratonista paranoico, un nuevo agujero negro: un desposeído con el disco de acreción peligrosamente desalineado y los chorros de plasma despeinados. Era uno de esos rebeldes que quedaron flotando tras la traumática fusión corporativa entre Antrópika y Mundileche S.A. (actualmente MEGALACTEA&PARTNERS). Mientras sus hermanos de clúster, de grupo, se dejaron absorber pacíficamente por la junta de accionistas, él se negó a ser deglutido. Se liberó en el último microsegundo para convertirse en un vagabundo cósmico; un judío errante del espacio, pero a la inversa: no por maltratar al Mesías verdadero, sino por negarse a idolatrar a ese otro líder ejecutivo que exigía ser coronado como el Ser Supremo para cerrar el cuento con broche de oro.
Este fugitivo andaba purgando penas inventadas por ponerse al «tú por tú» con la Presidencia Ejecutiva del Universo. Cargaba con las culpas que la junta directiva le habían colgado para lavar sus trapitos sucios en casa, todo tras haber pasado días enteros adormilado entre pildoritas de la nube para aguantar la sensación de que el cosmos se venía abajo.
-¡No me van a auditar! ¡No me van a reestructurar! -gritaba el recién llegado, dando vueltas en círculos con los ojos inyectados en radiación gamma- ¡Yo solo quería un día libre! ¡Fue culpa de las pildoritas! Me las dieron para resistir el colapso y terminé firmando el balance general sin mirar, ¡creyendo que eran vacaciones!
Y ahí, en medio del delirio, ocurrió el choque de los dos vacíos.
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El errante frenó en seco frente al agujero negro eructador, quien seguía plácidamente recostado en el diván (asumiendo que el trono le correspondía por derecho divino para luego lanzar proclamas sin cifrar recordando que el gran FIRST siempre será el número uno). El agujero negro corporativo lo miró de arriba abajo con profundo desdén aristocrático, mientras expulsaba un eructo con matices de azufre, café frío y los restos de una estrellita recién deglutida. Él, que defendía el tecnofeudalismo porque le aseguraba un flujo constante de estrellas vasallas y le permitía mantener su estatus de WINNER, no podía tolerar semejante despliegue de marginalidad.
-Por favor, qué ordinariez -rezongó el quisquilloso-. Un vagabundo cósmico que ni siquiera sabe vestir su horizonte de sucesos. Si te hubieras disciplinado bajo el imperativo categórico de la corporación, hoy tendrías tu propia flotilla de angelitos en la nube en lugar de dar lástima como un despedido ilustrado. Las corporaciones ordenan el caos, querido. Nos dan las pildoritas por nuestro propio bien.
-¡Falso! ¡Te tienen embobado con juguetitos de fibra óptica! -rugió el errante, acercando su masa crítica en actitud desafiante-. ¡Te crees un señor feudal y solo eres el recolector de basura de lujo de una junta directiva que ni te saluda! ¡Estás digiriendo tu propia esclavitud! Esos corporativos avanzan como un cáncer por el Multiverso para dominar cada rincón, ¡y a ti ya te tienen en el bolsillo!
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Mientras los dos titanes de la gravedad medían el tamaño de sus respectivas singularidades, abajo, en la alfombra, la líder del S.O.S. (Sindicato de Omnívoros de la Sombra) -una cucaracha de Madagascar con triple antena- observó la escena con agudeza política. Reconoció de inmediato la paranoia, el sesgo de ilegal perseguido y la innegable afinidad de clase.
-¡Compa Errante! -chilló la cucaracha desde la pata del diván, agitando un pliego de peticiones escrito sobre un cartón de Amazone- ¡No escuches a ese burgués tragón! ¡Nosotras también somos víctimas de la logística de los Señores de la Nube! ¡Únete al sindicato! ¡Juntos somos inmunes a la gran sandalia corporativa!
El agujero negro fugitivo miró hacia el suelo. El Doctor Cósmico se cubrió el rostro con ambas manos, intuyendo que la factura de esta sesión la pagaría el fondo de emergencia del universo (si es que aún quedaba algo). El espacio-tiempo comenzó a curvarse de forma alarmante: la resistencia proletaria quitinosa acababa de agenciarse su propia arma de destrucción masiva itinerante, mientras el agujero negro quisquilloso sentía, por primera vez, que el banquetazo galáctico se le empezaba a amargar.
CONTINUARÁ…
MÉXICO
OCTUBRE 2026
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Agradezco imágenes de IA
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