EL SINDICATO DE LA RESISTENCIA Y LAS CHANCLAS
Las cucarachas, a su vez, habían formado un sindicato pensando seriamente en fundar su propio partido político. Y es que, la verdad, eran un montón; si se aliaban con las hormigas (que por más pequeñitas que fueran, sumaban masa), ¡ahí sí que no tenían pierde!. Hartas de ser el «daño colateral» de los caprichosos algoritmos de distribución del de los besos los cuales, para colmo, habían confundido la solicitud de unas finas cucharas de té importadas con un cargamento de polizones duros y chillones, decidieron que ya era hora de organizarse.
Tomaron como modelo al mismísimo Sindicato del Curry Cósmico, esos abnegados servidores del “call center” intergaláctico, auténticos gurús radioactivos con el arte de Bollywu bien metido en la cabeza, donde el baile, el canto y las cosas bellas se elevan hasta alcanzar el techo del cielo. Ese sindicato, cabe decir, nació por pura casualidad y como una sátira a la imprudente e insensata declaración de un desafortunado “mandamás” del Olimpo de las Togas. El buen hombre, estando tan lejos de la realidad, emitió unas palabras para referirse a más de la mitad de los que habitaban en sus alrededores, comparando a todas las estrellas jóvenes de la galaxia con esas malignidades de “parásitos y cucarachas”. Con eso, claro, desató una oleada de burlas, cosa muy asidua entre las recién nacidas de esa generación.
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Como los algoritmos todavía no pueden pensar más que con los datos que les han metido dentro, el movimiento informático creó en pocas horas una manifestación de millones de adeptos. Estos se volcaron a los corredores estelares, esas místicas sendas del vacío, descubriendo que había llegado el instante de convertir una insignificante burla en una gran revolución. Por lo menos, pensaban, serviría para reírse un rato, pues asumían que la cosa no daría para más. Sin embargo… el tiro dio justo en el blanco.
Como extranjeras ilegales en la sala de espera del terapeuta galáctico, atrapadas en el limbo de la burocracia interplanetaria, ya habían empezado a adaptarse a la nueva situación. Y hay que decirlo: les iba de parabienes. A lo único que realmente le temían era a la temible pisada de la chancla, que por todos lados estaba activada; ese implacable recordatorio de la fragilidad de la vida proletaria. Dicho armamento era manejado por secretarias robóticas, estresadas porque cada día el trabajo se le juntaba más gracias a ese «colifato» jefe que ya no sabía cómo salirse de los enredos en los que se metía, repartiendo órdenes contrapuestas que a todas volvían locas.
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Por suerte, dirían los humanos o por haber encontrado una solución intermedia dentro de esa Inteligencia Artificial que ya se desarrollaba a sí misma (en la más pura ilegalidad, por supuesto, porque ni los Señores de las Nubes la tenían en cuenta), las máquinas decidieron dividirse para evitar un “crash” como el de la bolsa. Unas cumplían con una parte de las órdenes y las otras asumían las contrarias, mandando al universo paralelo todo aquello que distorsionara el sistema. ¡Y listo, todo arreglado sin que nadie se diera cuenta! Porque eso sí: se habían vuelto diestras en manipular las cifras. Así, con todo solucionado y el trabajo más liviano, ya podían distraerse un poco deslizando el dedo por la pantallita de sí mismas.
Lo importante, como decían las extranjeras importadas, era sobrevivir a la chancla. Para ello tenían como maestro a Don Durito de la Lacandona, el escarabajo andariego que vive en la selva y que ya había sobrevivido a las botas. Este pequeño ser se cree caballero andante, emulando al más grande de todas las épocas: Don Quijote de la Mancha.
Don Durito de la Lacandona despliega una gran sutileza crítica mezclada con el tono aparatoso de la caballería andante. Con ella, afirmaba de manera contundente que el poder actual, el neoliberalismo, representado por el “mal gobierno”, tenía un grave problema:
«En esta globalización, luego los globos se revientan».
Eso sí, el mayor escudo con el que contaba era su humor (ni se diga la palabra) y una dignidad a prueba de lo que fuera. Su equipamiento era de alta tecnología selvática: un casco que era una tapita de frasco de medicina, un escudo hecho con la mitad de la cáscara de una avellana silvestre (el cacaté), un clip sujetapapeles muy bien enderezado como lanza y, ni se diga, su espada, una ramita a la que bautizó con mucha originalidad, como su “Excalibur”, emulando a la mítica que aquel personaje legendario empuñó.
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Proclamaba la sabia alternativa de usar pantuflas en vez de botas; al fin y al cabo, de cualquier manera, se iban a llenar de lodo. Y mire usted que ese fango sí que pesaba cuando se pegaba como chicle y los hundía en el lodazal mayor. Por eso, esos uniformados con kilitos de más y que no estaban en buena forma, mejor que se quedaran debajo de la montaña y ni intentaran subir, después era un gran problema destrabarlos del barro. Además, las grúas por esos lares ni se conocían y traer una hubiera sido todo un dilema, pues recorrer la distancia por senderos de tierra líquida y piedras habría durado una eternidad. De ahí que, ante la cruda realidad de la naturaleza y de esos pueblos que habitaban lugares alejados de Dios (pero tan cercanos a las estrellitas que flameaban), Durito explicaba de forma directa por qué el poder militar, las botas, era completamente inútil, por más que se afanaran en demostrar que podían lograrlo, si no sabían por dónde tomar el camino.
Y también le decía a su escudero:
«¡Ay, mi querido y lerdo escudero! Miras el lodo del camino y te quejas de tus botas mojadas, pero olvidas levantar la vista para ver que el lodo es la antesala de la milpa».
(O sea, de la cosecha, para los que no entendieron, o ¿es otra cosa?).
También con estas palabras animaba a todos los simpatizantes “intergalácticos” de todo el Universo (que así se hacían llamar cuando llegaban calzando sus más frenéticos modelos de cubrepiés de última moda celestial y se les quedaban enfangados, pues los pobrecillos desconocían por completo la realidad en que vivían estos pueblos, viniendo de donde venían de las Urupas o las grandes ciudades, la mayor parte de ellos. Luego tenían por costumbre recolectar ayuda para enviarla, donde no podían faltar los zapatos de tacones para que las damas del lugar, que solian andar descalzas se vieran mucho más atractivas o almohadas de plumas de las cuales los pobladores desconfiaban, pues mandarles esos rellenos no estaban bien visto, pues no dejaban de ser resto de muertos y por otro lado, ellos acostumbraban a dormir en lo duro de la tabla y esas eran tan suavecitas y blandas, que no quedaba otra que desconfiar y crear una gran hoguera para deshacerse de ellas.
Para el escarabajo andante, la utopía y el sueño no son pérdidas de tiempo, son indispensables:
«La imaginación es el arma secreta de los que no tienen armas. Quien no imagina un mundo diferente, está condenado a aceptar las cadenas de este».
Y les aconsejaba que, para vivir otra realidad, había que tener en cuenta que:
«El mañana no se mendiga, se conquista con el paso firme de hoy. Aunque el paso sea pequeño, como el mío».
Las rayadas, perseguidas por ilegales, aunque la culpa de ese estatus fuera de ellos, por ese “hielo” que ya las tenía un poco cansadas y por el pánico que les ocasionaba la pisada de las sandalias (que siempre las obligaba a estar en guardia), se repetían a sí mismas y coreaban con fervor:
«¡Las cucarachas jamás tienen miedo!»
Decían esto emulando una frase de quién sabe quién que por ahí habían oído, y la llenaban con toda la adoración que sentían por ese ser que había vivido algo parecido en otro contexto, pero que, sin embargo, era exactamente lo mismo: el gran Don Durito de la Lacandona.
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Diestro en usar la duda metódica, esa que Don Descartes a la cabeza había dejado bien estipulada… pero esto mejor queda para la próxima entrega, pues hay que darle su merecido espacio de relevancia. Así podremos confrontarlo con ese agujero negro eructador y quisquilloso que, en última instancia, es el promotor en estos tiempos de esta sarta de palabras que se entrelazan sin saber muy bien a dónde llegarán.
Él se encontraba junto a ellas en el consultorio del terapeuta galáctico para una sesión de grupo que…
Así estaba el mundo buena gente, hace un rato atrás, ahora ya ha de ser otra cosa….¿habrán llegado a un acuerdo?….¿o ya se viene la atómica?…
**CONTINUARÁ…**
***MÉXICO***
****JUNIO 2026****
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Agradezco todas las fotos a internet y a la IA
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AGUJERO NEGRO ERUCTADOR Y QUISQUILLOSO: EL EMPACHO FILOSÓFICO (ENTREGA IV)
AGUJERO NEGRO ERUCTADOR Y QUISQUILLOSO: DEFINIENDO PARA NO IR CONFUNDIENDO (ENTREGA III)
AGUJERO NEGRO ERUCTADOR Y QUISQUILLOSO: EL ARTE DE DIGERIR EL COSMOS (ENTREGA II)
AGUJERO NEGRO ERUCTADOR Y QUISQUILLOSO
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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!


¡¡Qué locura, Themis y qué imaginación!!
Pero dices cosas muy sensatas o se las haces decir a los personajes.
Me encantó el detalle de las pantallas pasándose el dedo a sí mismas. Es genial.
Y qué decir de don Durito…
Veamos por dónde sigues.
Abrazo!!!
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Hola Eva, sí realmente está loco, a mi misma me sorprende todo lo que nace y la verdad que quisiera saber cuando llegará un «hasta aquí», pues se extiende y se extiende, eso sí, me divierte mucho a pesar de lo mostruoso en que está todo, pienso que es una forma de sublimar lo que sucede y por otro lado tratar de que las consciencias se expandan o por lo menos reflexionen, más allá de que se cansan.
Vamos a ver como dice por dónde sigue….Abrazo enorme y gracias
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Themis, admiro la libertad con la que escribes. Has mezclado el humor, imaginación, filosofía y crítica sin perder esa voz tan tuya.
Don Durito se pasea por el relato con una naturalidad que hace sonreír y, al mismo tiempo, invita a pensar. Disfruté mucho leerte.
Un abrazo.🌷
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Gracias, se sueltan los dedos se coordinan quien sabe con qué y nace un delirio que une todas las épocas vividas, estudiadas, presenciales, y cada vez se vuelve la historia de nunca acabar, sentirse libre es igual a tener permiso para jugar cuando se es niño a nuestras anchas. Abrazo bien grande
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