CAMINO AL AMANECER: EL FANTASMITA GRIS

EL BURRITO TRISTE

Ya me había acostumbrado a verlo, a hacer un alto para reponer fuerzas a esa altura de la escalera y platicar un breve instante con él. Me miraba con una atención profunda, sosteniendo el silencio con esa cara de fantasmita gris y paciente, con esos aros amarillentos que rodeaban sus ojos y ensombrecían, aún más, ese estar que él guardaba muy adentro, como si comprendiera que las cargas no siempre se llevan en el lomo.

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Lo había encontrado en una vuelta del camino donde el ánimo no mostraba cara de contento. Aquel amanecer nació lánguido, envuelto en una pereza que le impedía soltar sus colores sobre el lienzo del mundo, un cuadro que se resistía a volverse dorado y relumbrar. Incluso la luna, que permanecía allí arriba como una pequeña tajada de fruta olvidada, parecía carecer de luz, contagiada de una languidez sin remedio.

Daba la impresión de que el Creador, en su atelier, estaba agobiado. No quería ese día hacer despliegue de tonos pasteles ni brillantes, ni lanzar pinceladas abiertas a los cielos para anunciar que el alma despertaba a una nueva posibilidad de renacer. El burrito, con su mirada mansa y perdida, parecía el único testigo digno de esa desgana divina.

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La tristeza, esa emoción que languidece las entrañas y gana terreno lentamente, como si un velo inmaterial lo cubriera todo, se reflejaba en sus ojos grandes y acuosos. Al mirarlo, uno aceptaba que el peso del día no era algo que se pudiera evitar, sino algo que simplemente había que observar, con la misma quietud con la que él esperaba, frente a la escalera, a que el tiempo terminara de escurrirse.

Muchos días fueron pasando, uno tras otro, siempre en el mismo ritual: pararme, hablarle… Él, cada día, buscaba la forma de acercarse a esa alambrada que nos separaba, vencer de alguna forma a esa cuerda que lo sujetaba sin permitirle más que unos pasos a su alrededor. Nos quedábamos mirando, dulcificando la tristeza de ese encuentro casi diario, reconociéndonos, abriendo ese juego del alma donde se transmite el saberse acompañado, ese vibrar de que no se está solo y de que siempre hay otro ser vivo para mostrarnos que, aún en las mayores turbulencias, otro corazón late al unísono con el nuestro.

*

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Cada día hablábamos más; cada día esperábamos el encuentro.

Un día sucedió que estaba acostado. Solo me miró por breves instantes y no se levantó. Mi alma le regaló una sonrisa que nacía del pecho y unas palabras no pronunciadas, sino enviadas con alas de aliento que volaban desde el corazón a su encuentro.

*

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Terminé de subir la cuesta sintiendo que, tal vez, esa era la última vez que veía a ese amigo de los amaneceres que la vida me había dado. Algo dentro de mí se entristecía, revelando que la pena sería la emoción que me volcaría hacia esa fuente de la creación que cada uno guarda en su interior, en esa llama divina que nos asemeja al Creador. Aquel cielo ya no me mostraba la luz, sino el llanto de la noche regando la tierra, ofreciendo una imagen más cercana a la siembra, esa necesidad que la vida encierra de regresar a los colores ocres y oscuros para poder volver a resurgir con nuevos bríos vivientes.

*

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Pensando suavemente, con el alma afinada y dulcificada por un gran suspiro que brotaba desde lo más profundo, fui bajando paso a paso, en un agradecimiento sereno y pleno.

Descendí hasta el fondo de mí, donde el silencio ya no era vacío, sino una presencia absoluta.

MÉXICO

ABRIL 2026

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