CAMINO AL AMANECER: EL ENTIERRO

DONDE LA PARTIDA ES EL FARO DEL REGRESO

No era noche cuando salí, como acostumbro, las primeras luces ya se desplegaban en todo su esplendor. Iba a enterrar a Bichito. Así llamo, por pura ternura, a cada criatura que encuentro en mi senda cuando la fragilidad la viste.

*

*

Había muerto la mañana anterior. Estaba enfermo y solo un milagro podría haberlo retenido, sin embargo, el milagro no llegó. Todo es enseñanza en esta existencia, nada es falto de propósito, ni malo ni bueno. Todo es relativo al contexto y al proceso sagrado en el que nos encontramos.

Aquella última noche no se marchó. Él solía llegar para comer y descansar, pero cuando el Hermano Sol daba sus señales de retirada, caminando hacia su propia muerte en este escenario, él también partía. No fueron muchos sus días y cargaba una historia tras de sí, se había vuelto manso, guardando la humildad de aquel a quien los golpes de la vida han moldeado. Esa docilidad enternecía, su aura era un refugio especial. Le improvisamos un nido confortable para que pasara la noche, se acomodó en él y, suavemente, se durmió.

*

*

Al despertar para mi caminata matutina, lo vi aún despierto. Sus ojos dulces me dedicaron una mirada delicada, rebosante de gratitud. Me quedé un rato hablándole, celebrando el gozo de verlo aún con vida, aunque algo en mi interior dictaba una sentencia muda: «Es la despedida». Reconocí esa lucidez que tantas veces vi en los humanos instantes antes de que la «Acechadora» llegue y, sin mediar palabra, se los lleve consigo.

Me fui. Al regreso, ya dormía ese sueño que no conoce despertar en este lado de la escena. Allí donde la carcasa se abandona y, etéreo como el aire, el ser flota y deja este lugar para… esa es otra historia. Una certidumbre que no se nos devela y por la cual cada quien teje su propio cuento, guardándolo como un escudo para que el miedo a esa figura extraña y misteriosa no logre hacer estragos en el alma.

Caminaba lento. El pueblo estaba perfumado con el aroma dulce y penetrante de la flor que en esta época bautiza el viento. Respiraba profundo, impregnando mi ser con ese «copal» que el instante extraía de su baúl de asombros. El cielo se vestía de un color mamey, evocando esa fruta que llega con el calor: dulce, intensa y cremosa, con esa textura que se disuelve, casi como un suspiro, en la boca.

*

*

Mis pasos acompasados no se detenían, mi atención estaba volcada en subir el cerro y hallar el lugar apropiado para el reposo. De repente, sentí a mi lado una presencia. No estaba sola.

Seguí por la vía de tierra con el cuidado que me habían advertido, vigilando cada pisada, pues las piedras boludas, que hoy están más activas en el paisaje por la sequedad del suelo,  pueden jugar una mala pasada. Ni los perros ladraban a mi paso, como si comprendieran que el momento exigía silencio. Dejaban pasar al cortejo fúnebre, uniéndose a él con su solemne quietud.

-Aquí –  Me paré en seco.

A mi costado, bajo una pared, se abría un espacio despejado con un pequeño montículo de piedras. Saqué mi cuchara grande y comencé a cavar una pequeña fosa. En ese momento, la presencia que me acompañaba se reveló con claridad a mi lado, transportándome a los días de la infancia: era mi hermano.

*

*

Regresaron los instantes en que habíamos enterrado a alguna mascota, recordé especialmente a aquellos pollitos de colores que vendían en todas partes y que, para mi tristeza, vivían tan poco. Bajo los ciruelos de la casa oficiábamos sus entierros, le poníamos sus cruces, sus flores, y adornábamos el espacio. Allí, la muerte se volvió parte de la vida. Había que aceptarla, como él me decía. Sentía el dolor en el pecho, pero aprendí que era necesario dulcificarlo y dejar que ellos siguieran su camino. Me contaba historias que irían al jardín del cielo para llenarlo de sus colores, eso sí, no volverían, sino que nosotros un día iríamos para allá con ellos.

Con el pozo terminado, deposité a Bichito en su regazo. Lo cubrí con la tierra arenosa de estos rumbos y alcé sobre él una pequeña tumba de piedras. Un último adiós… que no era una despedida, sino el reconocimiento de que todos caminamos hacia el mismo destino.

Desandé mis pasos con calma. Bajé las escaleras y crucé el túnel de árboles que da entrada al pueblo. Al llegar a la plaza, allí estaba el Hermano Áureo, había renacido, como hace cada mañana, tras la muerte a la que se somete en cada noche…

*

*

Y así, la Muerte se volvió la estrella de la Vida.

MÉXICO

MAYO 2026

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4 comentarios en “CAMINO AL AMANECER: EL ENTIERRO

    1. En una parte al serlo no nos deja perder el tiempo en tantas tonterías en que lo hacemos, perseguir químeras, desaprovechar todas las oportunidades para darnos cuenta que el camino es hacia adentro y no el llenarnos de cosas y la búsqueda de aprobación en el afuera. Claro, nos da miedo, es tan contundente que nos sacude el ánimo y no la queremos ni ver y menos aceptar que siempre la tenemos frente o a nuestro lado. Gracias Merche, abrazo super grande

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  1. No dudo que Bichito descansa en paz para siempre. Qué bien nos haces llegar cada paso de ese último adiós al ser querido que como los demás, se fue. Gracias Themis por hacernos partícipes de estas vivencias del día a día en el campo. Es algo tan vivo, tan alegre y triste como la vida misma de cualquier ser humano. Los animales nos acompañan y pasan también por estos momentos en los que apenas queremos pensar o hablar de ello. Gracias por transmitirnos el duelo. Bichito ya disfruta del más allá o del misterio. Mi abrazo fuerte.

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    1. Sí, Julie, así es, muy bien lo dices, fue un momento que se esperaba sin embargo, es diferente estar en él, así caminamos en esta Vida, donde sabemos que esa es la certeza para los seres vivos que la habitamos. Gracias, abrazo bien grande y una maravillosa semana

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