EL ECO DE LA NOSTALGIA
Tras la partida de Coquita, la tortolita que desde los días de la pandemia habitaba mi patio, el «Mandamás» y la «Despeinada» , aquella pareja de alados que solía disputarle el territorio y, sobre todo, ese trato especial que yo le prodigaba a mi consentida, fueron ganando terreno.
Finalmente, se adueñaron del lugar. Poco a poco, la pareja inseparable conquistó su sitial de honor frente a las más de veinte tortolitas que, cada mañana cuando despunta el día y cada tarde al caer el Hermano Sol, llegan buscando su ración de vida, escoltadas por gorrioncillos que revolotean sutiles en la cercanía.
Dejé de ahuyentarlo. Antes lo hacía cuando él, en su postura de fiero guerrero, lanzaba su grito al aire y atacaba a cualquiera que osara acercarse a su comida, especialmente cuando apartaba a mi Coquita del juego. Pero los años también pasan por uno, se va perdiendo el deseo de luchar contra lo inevitable y se empieza a reconocer la verdad de los hechos. Debo aceptar que hay un encanto genuino en esa pareja que habita mis horas.
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En el fluir del tiempo, recordaba aquellos atardeceres en que Coquita me hacía compañía desde una de las varillas dobladas del techo. Ese rincón exacto donde el cielo se deja mirar mientras la puesta de sol lo viste de colores vivos o pasteles, según el humor de la tarde.
Cuando la «Ñandu», compañera de Coquis, se fue y él, pues resultó ser macho, quedó viudo, el Mandamás lo perseguía buscando la supremacía absoluta. Sin fuerzas ni ganas de pelear, adoptó la estrategia del silencio, venía cuando sus congéneres se ausentaban. Entraba a la casa, me pedía su ración especial y yo me quedaba a su lado, escoltando su banquete para que nadie perturbara su paz.
Se convirtió en mi compañera de melancolía y ensueños. En ese silencio profundo, nos transmitíamos mucho más de lo que alcanzan a decir las palabras.
El Mandamás y la Despeinada son ahora los soberanos del patio; están tan presentes que es imposible ignorarlos. Se han ganado su espacio y sus raciones extras, ya no necesitan buscar en otra parte, pues aquí tienen el sustento del día.
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Toman el sol, siempre juntos. No se puede negar que son una pareja en una relación muy especial, él es un compañero ejemplar y un padre dedicado, aunque el peso de los años ya se nota en ese «rubro». Ya no prodigan a sus nuevos retoños aquellos cuidados minuciosos de las primeras nidadas. Sucede como en las mejores familias, los mayores reciben la gloria, los del medio parecen llegar «en serie», hasta que aparece el último, ese «rebrote» tardío que, con el envejecimiento de los padres, entona un cantar diferente. A este postrero que les conocí, lo corre a picotazos, él sigue junto a ellos aunque se pone un poco lejos, los anteriores siempre estaban en el medio de la pareja, parece que está muy grande y no deja el nido, es muy rara la situación, la cual rompe con lo que hasta ahora ha sido.
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Entonces, sin esperarlo, llegó un ser alado con una dulzura de encanto. Me recordó tanto a Coquita… sobre todo cuando se posa en los mismos sitios que ella elegía. Viene a pedir su ración especial en el momento justo, cuando imagino que los otros dos salen a buscar lo único que no hay en el patio: agua (pues con el dengue, prefiero evitar los zancudos) o a alimentar al recién nacido.
Que comentario al margen, acaban de traer a su nuevo vástago al patio y ahí los tres juntos esperan a que llegue por arte de magia el alimento y si se tarda mucho ya viene el Mandamás con sus exigencias, a mostrar que no están siendo bien atendidos.
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Llega, ese nuevo enviado del cielo, me busca, se detiene en los escalones. Si la puerta está entreabierta, asoma la cabecita y me rastrea. Cuando su mirada encuentra la mía, una ola de ternura me invade. Es pacífica, pequeña, y llena mi alma de una suavidad indescriptible.
¡Vaya pequeñín!, sabe llegar hasta lo más profundo. Siento que es el retorno de Coquita y, de esa manera, he comenzado a repetir la historia, los sueños y las melancolías. Son instantes donde la vida invita a ensimismarse con alguien cercano que, como un espejo, refleja el sentir interno y nos enseña a caminar hacia nosotros mismos, abrazando lo sublime en este juego con la creación.
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Es hermoso sentirlo, trae energías nuevas y abre vías de comunicación con esos grandes misterios llamados Vida y Muerte. Es un escenario donde la naturaleza despliega su danza y nos muestra que, al hacernos uno con su mundo y sus designios, se abren las puertas a un conocimiento silencioso.
La Vida es un ensueño que se materializa para darnos cobijo, permitiéndonos ser parte de este teatro efímero que no conoce ni el espacio, ni el tiempo, hasta que llega ese instante de soltar las amarras y elevarnos hacia el infinito.
MÉXICO
FEBRERO 2026
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