EL VÍA CRUCIS
Era jueves de Semana Santa, la noche ya despuntaba en el cielo. Al salir de casa, el tiempo pareció entrar en otra frecuencia, a medida que caminaba, me encontraba con vecinos que, portando canastas rebosantes de pan, se dirigían a la iglesia como quien custodia un tesoro antiguo. Enseguida brotó en mí el recuerdo; era el momento de la bendición, la hora en que se recrearía la Última Cena. Ese instante, umbral de la fe, donde se instaura la eucaristía: el sacramento que celebra la unión eterna con Él.
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De regreso de mis quehaceres, mis pasos me fueron arrastrando y seguí a esa procesión de canastas de trigo leudado, lo sagrado hacía un llamado. El atrio era un mar de gente, que me hizo ir a cobijarme adentro de la iglesia. Al asomarme al templo y sentarme en esas bancas vacías, me cautivó ese código de sombras: las telas violetas que velan a los santos. Hay algo en ese color que convoca al recogimiento, una atmósfera de congoja que no oprime, sino que invita a la introspección, a sumergirse en el silencio del propio ser. Eso hice. Ahí me quedé en ese refugio.
Me sentía dentro de un espacio sagrado donde la carga espiritual era casi tangible. Tras la Entrada Triunfal, el pueblo parecía descender ahora por una espiral de ensimismamiento. Se respiraba una calma profunda, un misterio denso; era como haber realizado un viaje hacia otra época donde la espiritualidad brotaba de cada piedra.
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Allí estaban los apóstoles, aguardando para cargar la imagen de Jesús; sus murmullos y cuchicheos componían una escena hipnótica donde, inmersos en su entrega, habitaban plenamente el rol que representaban. Fuera, dos largas filas aguardaban el paso de la imagen para que la bendición alcanzara a sus canastas.
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Al alba del día siguiente, regresé. Iba a acompañar el Vía Crucis. El pueblo se había sumido en un mutismo insondable; ni siquiera los pasos se sentían. Nadie osaba profanar con sonido alguno aquel espíritu instalado, suspendido en el tiempo, el ritmo había cambiado en mi adentro y transportada por el túnel de tiempo, sentía el clamor de aquellos tiempos.
Jesús había sido apresado. Lo juzgaban, llevándolo como un eco de Herodes a Pilatos. Ambos lo absolvieron, pues no hallaron culpa en ese ser que parecía de luz pura, alguien que hablaba palabras que no pertenecían a estas tierras. Pero las manos se lavaron y, ante el clamor de las voces que exigían condena, se dio a elegir entre la pureza y el cautiverio. Sin escrúpulo alguno, el grito desgarró el aire:
-¡¡¡¡Barrabás!!!!, ¡¡¡¡Barrabás!!!!
Y así fue. La libertad para el reo y la condena para el Justo.
Después, Dios, a través de cánticos, hablaría a su pueblo, recordándoles sus dádivas y preguntándoles por qué traicionaron a su hijo, volviéndole la cara, escupiéndolo, crucificándolo.
Mientras bajaba las escaleras hacia el pasaje de los apóstoles en el atrio, sentía el peso de lo que estaba por acaecer, la importancia solemne para esta comunidad que sin dudas estaba inmersa en una gran congoja.
Comenzaron los cantos litúrgicos, entonados por hombres del lugar; voces que preparan el corazón para la contemplación de la Pasión. Eran lamentos que pedían perdón, una queja honda por la muerte que se avecinaba. Esa voz corearía toda la procesión. El brillo amarillo del sol se encendía con vigor, filtrándose entre las hojas de los árboles ancianos; con la brisa, creaban destellos de luz que danzaban sobre las sombras estampadas en el suelo.
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Salió la imagen de Jesús con la cruz a cuestas y, tras Él, María. La procesión tomó su sitio y las voces guturales, cargadas de un sentir recóndito, no se detuvieron. Ese eco monótono abrazaba cada rincón, evocando una mezcla de tristeza y devoción que solo encontraría descanso en la alegría infinita de la Resurrección.
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Caminábamos con un paso rítmico, obediente, como si los latidos se sincronizaran en una cadencia sacra. Respiraciones contenidas, ojos bajos, manos entrelazadas; tejíamos una atmósfera de misticismo que nos envolvía a cada uno y al todo. Nos movíamos con un propósito que trascendía las palabras: un mensaje de fe y esperanza. Cada paso era una ofrenda sin sonido, un paisaje de sentimientos ancestrales que rompía las barreras del tiempo y el espacio.
El aroma a incienso flotaba como una purificación. Cada estación invitaba a la cavilación. Algunos vencían el miedo; otros se hundían en él, preguntándose cómo permitieron que ese ser que trajo paz fuera humillado de forma tan cruel. Allí, en ese punto, nace el desconsuelo.
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Bajo el Hermano Sol, que ardía con fuerza en este desierto, los participantes, con paraguas o sin ellos, emulaban el padecer del Cordero de Dios. Estábamos cubiertos por una nube de luz, un velo que nos mantenía dentro del misterio. El aire entregaba momentos de sacrificio y, finalmente, de redención, esa liberación que ocurre cuando se abandona la mente racional para volar hacia la puerta de lo sublime, hacia la espiritualidad pura.
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El silencio entre las estaciones y ese canto hondo de voces guturales creaban un abismo. Parecía que caíamos en él sin detención, hasta llegar a ese vacío absoluto, a ese espacio infinito donde el alma se encuentra consigo misma, libre de peso y duda, en una comunión sin palabras con lo divino. La procesión avanzaba lentamente y, en ese instante, sentí que el tiempo se detenía para permitirme conectar con el soplo eterno de esta historia que se renueva una y otra vez.
MÉXICO
ABRIL 2025
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Benditos sean los ritos qué nos enseñan lo que somos y lo que debemos ser. Cuando se olvida practicarlos llega la hora de los funcionarios. Un abrazo.
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Así sea, que sepamos siempre reflejarnos en ellos y llegar a nuestro verdadero ser. Gracias y un gran abrazo
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¡Hola Themis! Preciosa tu crónica, preciosa. Y no te pierdes de nada, estás en todo y eso me alegra mucho. Fíjate que en los últimos años la Semana Santa me da una gran tristeza. Yo sé que Él dio la vida por nosotros, pero me sabe tremendo imaginar que cada año lo vuelven y vuelven a matar una y otra vez a este Cristo que amo tanto. O como tú dices, «se renueva una y otra vez». Un gran abrazo Themis 🌹
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Hola Maty, no solo hay que ver la parte de la apariencia, sino lo que hay detrás, el misterio que se esconde para llevar adelante un camino. La Semana Santa claro que es triste, muy triste, es de congoja, eso sí cuando de la oscuridad se abre paso a la luz, en la ceremonia del Cirio Pascual, y las campanas tañen después del silencio, y las luces se prenden ahí, ves el nacimiento a esa nueva vida, esa posibilidad de renacer cada año. Claro, dentro de la fe y el camino de un determinado credo.
Eso sí, el otro día en el autobus de regreso subió un exdrogadicto con canciones sobre Jesús, muy bellas y una de ellas decía: «Yo no se por qué el artista lo pinta clavado, Si Jesús venció la muerte y ahora está a tu lado, y ahora está a tu lado…». Dice mucho……abrazo más que grande, Gracias.
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Hola, Themis, has hecho una crónica exacta de la Semana Santa que, justamente, hoy termina, acompañada de las imágenes. Diferentes versiones de una misma visión de la historia.
Un abrazo. 🤗
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Así es Merche, faltó la Resurrección, hasta la Pascua, eso quedará para otro momento. Gracias, abrazo grande y felices Pascuas y nuevo inicio de vida….abrazo grande
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Una vivencia espectacular la que nos narras, Themis. Pues me he sentido allí participando de cada momento. Tal como lo cuentas es vivencial. Y realmente maravilloso participar de tales actos religiosos. Gracias por mostrarnos estos momentos únicos en ese desierto, esa parte de México que no llegué a conocer cando anduve por Puebla. Un beso fuerte y siempre mi admiración y cariño. Felices Pascuas y hermosa Resurreción del Señor. Un fuerte abrazo.
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El pueblo vibra en estas ceremonias en donde todos se vuelcan a vivirla intensamente y como hoy festejar la resurrección y el regalo de la nueva vida, a parte en este pueblo en especial la música y los coros son voces extraordinaria, que dan una gran emoción escucharlos y conmueven al alma. Te mando un abrazo super grande y una deliciosa Pascua, un nuevo paso a la libertad…
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