TEHUACÁN: MÚSICA CÁLIDA EN EL CAOS

LA MARIMBA

Me iba riendo, qué otra cosa queda para hacer cuando nos encontramos dentro de ese caos social, de ese desbordamiento de emociones, prisas, ansiedades, esperas y ¡un tránsito!, si, el tránsito más loco que las cabras que últimamente me andan rodeando.

Había salido de esa quietud que es el pequeño pueblito en el que vivo, que hay veces que lo que lo alborota es la Banda de Guerra de las escuelas cuando ensayan para algún evento como ahora para festejar el Grito de Independencia, pero por lo menos llevan un ritmo, tienen un motivo y los niños son felices haciéndolo. Es un placer escucharlos, no desarmonizan todo el ambiente.

También sucede que de repente pasa algún pregonero, como ese que dice, «algo de fierro viejo que vendan….» y detrás sale la lista de cosas que compra o el auto que vende tamales o el camión del gas, salvo que es un momento y desaparecen.

Así, iba caminando por las calles, entre risas debajo del cubrebocas y en otros instantes la boca se abría y las cejas se levantaban, pues se veían ¡cada cosas!, parecía que uno se hubiera metido en un psiquiátrico con pacientes no medicamentados, aunque creo que ahí no llegarían a ser lo que estas calles del centro mostraban.

Claro que hay que tener en cuenta que uno sale de la quietud, del sosiego, de repente de días de no ver ni un solo auto circulando.

Acababa de estar con el Dr. Simi, que ahí andaba bailongueando en ese calor fuerte que había, mientras esperaba el cruce del semáforo y escuchaba una batalla campal de cláxones que ensordecían, pues se iba a vuelta de ruedas y a cada instante se detenían, cuando de repente el sonido inconfundible de una marimba se escuchó, fue una delicia oírla, me trae muy lindos recuerdos.

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Entre ellos aquella vez que se apareció en el pueblito en el desierto y se pará bajo mi ventana, en uno de esos tiempos en donde el ánimo se aletarga y el sentirla provocó un brinco que despertó a mi alma .

Fui siguiendo a la onda sonora para ver de dónde venía, quién era que la ejecutaba, ese instrumento africano de percusión, que había llegado a México durante la conquista.

Entre Chiapas y Guatemala, tierra por donde se dice que entró ese primer instrumento traído por los africanos esclavizados y que se perfeccionó, es considerada casi un símbolo de identidad indígena.

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Recuerdo que cuando estuve por las montañas en esas tierras de ese estado, perdida en el tiempo, muy al principio, las fiestas que se celebraban en la comunidad a la hora del baile tenía durante una hora la música de la marimba como protagonista, en donde los hombres y las mujeres armaban dos filas unos frente a los otros, pues todavía no había permiso para bailar juntos y menos aún tocarse en ningún tipo de danza, con un determinado pasito todos se movían, niños, adultos, ancianos, algunos adolescentes que se atrevían.

Luego aparecía el teclado, que fue ganando en adeptos sobre todo a los más jóvenes y expulsó a la marimba de las fiestas, se prefería pagar solo al tecladista que también cantaba sobre todo música ranchera y norteña y estaba mucho más a la moda.

Más allá que suena a trópico, a lugares cálidos donde hasta el día de hoy se pueden encontrar, como en el Malecón de Veracruz donde por primera vez la escuché, bebiendo un delicioso café en «La Parroquia» ese restaurant-café emblemático del lugar, sin embargo, esto es otra historia que tal vez algún día la cuente.

Andando, andando, llegué a ella, al lugar en donde se encontraba ese llamado:  «PIANO DE AMÉRICA”, ahí estaba en la esquina de esa tienda de Tehuacán, que se llama «Cuidado con el perro».

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El timbre romántico y alegre de la marimba refleja el carácter cálido del trópico, de esos habitantes del sureste de México, más allá que ella se extiende por toda América y aparece en muchos países del mundo, en cada uno varía, ejecutando la música del lugar y la forma de hacerlo.

La marimba es un instrumento del tipo de los idiófonos, su cuerpo es el que produce la vibración, como el xilófono,  con mucha más resonancia; está formada por  barras de madera, que se percuten con unas baquetas o mazos de fieltro, con lo que produce diversos sonidos musicales. Abajo de las barras posee unos tubos o cajas resonadoras que amplifican el sonido.

Ahí me quedé un rato disfrutándola y también viendo el mural colaborativo «Tehuacán Vive», que está pintado en la pared de esa tienda, entre cactus y guacamayas se encontraban haciendo su música.

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Recorrí el mural escuchándola, me detuve a leer un escrito que lo acompaña, que dice:

«Las imágenes andan de la mano con los colores y ambos danzan a través de los muros a la aventura, esperando que el destino les lleve entre olas de imaginación hasta los ojos de cualquiera.

El mensaje que lleva está poblado de ilusiones y metáforas, alegoría multifacética cuyos trazos hipnotizan a quienes son capaces de continuar soñando por transformar la realidad en que………..», pero esto lo termino de escribir en la próxima entrega.

Aunque el ruido de los autos circulando era ensordecedor, la música de ese tesoro cultural mexicano, lograba matizar la locura y darle un toque de trópico a quien se detuviera a escucharla por unos momentos.

CONTINUARÁ….

MÉXICO

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