camino al monte 2_8

CAMINO AL MONTE (2)

ESCENOGRAFÍA NATURAL

Salimos de la casa un rato antes de la puesta del sol, era mi segunda salida rumbo al monte, desde el decreto de la cuarentena por el coronavirus, esta vez llevaba mi cámara,  iba redescubriendo todas las luces que se me aparecían en mi visión.

Las miraba como si fuera la primera vez que se me hubieran aparecido, como si el paisaje hubiera sido creado en ese preciso momento para ser solo vislumbrado.

El Cielo gozaba con la luz que el mismo desprendía, se había vuelto un iluminista dándole vida a la escenografía por la cual caminaba, iba dando vueltas sobre mi misma para no perderme lo que sucedía desde todos los ángulos. mientras subía el repecho del cerro.  Marchábamos al mismo sitio de la última vez.

Miro hacia el cielo para recrearme con ese azul celeste límpido característico de estos parajes, un árbol pintado con un verde llamativo que resplandecía, un jacaranda mostrando sus semillas, se apareció en mi visión, hizo nacer una sonrisa de admiración y levantando un poco más la mirada a lo alto, me la señaló y ahí me la encontré, era Ella, pequeñita, sola en el firmamento, me quedé un rato mirándola, hacía tiempo no la veía libre sin tener el marco del patio como referencia.

 

 

Tan libre como yo misma en ese momento, pensé para mí, recorriendo el camino y rumbo a sumergirme en la Naturaleza.

De repente a mi derecha escucho un parloteo, que venía de arriba de un cable que colgaba, fuerte muy fuerte y unas contestaciones de más lejos. Se sentía mucha alegría en esas voces, di la vuelta y ahí la distinguí.

Era una golondrina, que platicaba con un grupo de ellas que estaban más lejanas, como si estuvieran chismorreando algún acontecimiento que les hubiera sucedido en su día.

Me quedé contemplándolas un momento, contagiándome del gran contento que desplegaban, con él dentro seguí mis pasos.

 

 

Cuando me di la vuelta frente a mí se apareció un lugarcito como de cuento que siempre cuando paso junto a él me sorprende, guarda algo especial, en una parte es como el comienzo del monte. No daba crédito de poder ver todo eso que mi ojos miraban, la luminosidad con la que la tarde se pintaba, como si a medida que caminara se fueran encendiendo focos para resaltar pedacitos de camino y hacia que los fotografiara, los contemplara, los admirara, estuviera como niño chico metido en una caja de sorpresas.

Había entrado en ese ensueño en donde estos pasajes son dignos maestros.

 

 

Hasta que me vi a mi misma, en mi silueta, me empecé a reír, qué otra cosa se podía hacer, la sombra mi compañera de viaje, ahí estaba, me gustó mucho verla, parada en la terracería, con los pies en la tierra, eso sí estampada en la pared de bloques, los límites de los humanos, sin embargo del otro lado, lejos del encierro, en libertad.

 

 

¡Qué mundo tan maravilloso!, ¡cuántos impactos en tan poco trayecto!. La rutina había desaparecido, todo era nuevo, para algo había servido el recogimiento para ahora desplegarse, expandirse, encontrarse nuevamente con la Madre Tierra, pararse en ella, sentirla.

Iba gozando cada cosa que me encontraba, la forma de la piedra, el pequeño cactus, cuando ahí en un pedacito de monte se apareció otra ella, que brincaba en la monocromía del entorno como diciendo:

-¡Véme!, ¡Aquí estoy!- era una pitaya, esa fruta que parece ser extraterrestre, ya era su época, ya comenzaban a aparecer, ya vestían con su color resaltante a lo que fuera que la cobijara y deleitaría a quien la saboreara, lo hidrataría con su agua agridulce cargada de minerales y vitaminas absorbidas a esa tierra.

 

 

Y ya el pueblecito se veía a lo lejos, el cerro se abría en toda su grandiosidad y llegamos al arbolito verde lima, uno de mis predilectos, el que se viste de amarillo para recibir a la primavera.

Me paré un instante y lo saludé, le mostré el gusto que me daba el volverlo a ver, como mi alma se sentía feliz con solo mirarlo.

 

 

Mientras un cactus que parecía que alzaba sus brazos a los aires para hacer una reverencia allí estaba, junto a otros como si se encontraran. Me sorprendió la escena, eran seres longevos, que transmitían con su presencia serenidad y calma que apaciguaba al alma, la cual poco a poco fue entrando en otra frecuencia, donde todo se volvía quietud, otra realidad, lejana a la cotidiana y ahí realmente sentía que era.

 

 

Llegamos a las piedra, había una nueva que se había desprendido, nos sorprendió pues eran exactos los lugares para cada uno de los que allí nos encontrábamos.  Nos sentamos.

Me absorbió el hábitat, como flotando fui viajando entre cada uno de los habitantes, subiendo y bajando, por un muy buen tiempo, cuando adelante mío a lo lejos veo a un animal que se para por un momento mira para donde me encontraba y sigue.

Caminaba rumbo al sotolín centenario que quiero conocer y abrazarme a él, algún día, tal vez, algún día, cuando bajemos a la cañadita y lleguemos a donde se encuentra.

Grande fue mi sorpresa, en un segundo estaba de vuelta sentada en la piedra. Era un coyote.

Me deja con una gran paz, una gran alegría recorre mi cuerpo como si desde lejos me la trasmitiera, como mostrándome un nuevo sendero, la melancolía parecia que se fuera desprendiendo, esos altos y bajos se sacudieran y me impregnaran de un nuevo sentir por la vida, por el momento y me regalara un sentir renovado para hacerle frente.

La tarde estaba cayendo, lenta, el pueblo prendía sus primeras luces, anunciaba que era la hora del regreso.

 

 

Así con un ánimo descongestionado, como si hubiera perdido una carga, comencé el descenso, volviendo  a agradecer desde el corazón estos privilegios que la vida me permitía, la sencillez y la simpleza de encontrar en la misma Naturaleza la razón de ser en este Universo y la sanación que ella prodiga.

 

MÉXICO

 

CAMINO AL MONTE

UNA DULCE SORPRESA

 

 

 

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