LA GRAN SORPRESA
Al otro día de mi cumpleaños cuando nos había agarrado la lluvia mientras subíamos el cerro, pensábamos amanecer temprano, antes del alba y salir a dar la vuelta, por las dudas que a la tarde de nuevo volvieran los Cielos a lavar sus aposentos, sin embargo no se dio de esa forma.
Desde temprano en la mañana el calor se dejó sentir, a parte no fuimos muy madrugadores y eso hizo que nos detuviéramos y resolviéramos desayunar y salir en la tarde, por lo menos los pronósticos no anunciaban lluvia para ese día, a los cuales no siempre se les puede tener muy en cuenta, sin embargo son una referencia.
Pasado el mediodía comenzó a ponerse gris, cada vez aparecían más nubes que iban escondiendo a Tonatiuh, (el Sol), cosa que posibilitaba el poder salir sin que nos achicharrara.
El día anterior habíamos decidido ir a los Prismas ígneos que son formaciones en las rocas, estaba un poco lejos para llegar, nos informaron que pidiéramos un taxi y nos dejaba en el sendero por el cual había que subir el cerro para llegar a ellos, que estaban un poco retirados, nos aconsejaron un guía, pero más allá si no llegábamos ni modo, no era lo que importaba.
También nos advirtieron que había que cruzar un río, para llegar a ellos, preguntamos si tenía mucha agua y nos dijeron que estaba seco, pero si llovía quien sabe que podía pasar.

Eso nos hizo dudar y cuando llegó el taxi le dijimos que mejor fuéramos al Jardín Botánico, cuando enfila para aquellos rumbos, íbamos hablando de los prismas y preguntamos en dónde estaban.
Allí nos indicó el lugar por el cual íbamos pasando hacia abajo:
-Mejor a los prismas.
Ahí ni corto ni perezoso agarró la calle que nos llevaba, donde de pavimento se fue transformando en terracería, que cada vez se volvía más descampado, nos iba contando que había que cruzar el río, lo cual hace sin ningún problema con el auto, mientras un grupo de camiones de los que cargan piedras de las minas que hay de cuarzos, onix y otras, de las cuales la región es productora, se regresaban.
Era «EL CAUCE DEL RÍO SECO», en otra altura del mismo, hacía un tiempo había escrito algunas entradas sobre él, en otro encuentro que habíamos tenido.
Me acordé del episodio aquel en donde me había dado como una crisis cuando quedé sola sentada en una piedra, como si algo apareciera en un instante y sentí como si el cauce me empezara a llevar, a arrastrar.
Fue tal el impacto y el no entendimiento de lo que en un momento era parte de una realidad fantástica que solo me levanté a llamar a quien me acompañaba que había seguido camino, el cual que no entendía mucho mi reacción, ni yo misma.
El taxista nos dejó en una brechita bien pronunciada y nos señaló el camino por el cual debíamos comenzar a subir, también nos habló del río, que él nunca lo había visto pero contaban que de repente se aparecía.
Comenzamos a subir, aunque en algunas partes la brecha se volvía angosta y había que pasar con cuidado por al lado de esas espinitas con las cuales ya había tenido varias experiencias y bueno merecen mis respetos, son soberanas en el asunto, estaba muy bien delimitada, empinada eso sí, nos fuimos encontrando con cactus enormes, altos muy altos, antiguos muy antiguos que había momentos que parecía que nos miraban pasar.
Uno de ellos con una forma muy extraña, era como el artista del lugar que había modelado los brazos que le crecían de una manera muy especial.

Las biznagas otro de los cactus muy comunes en la región se comenzaron a hacer sentir, como que me llamaban y aunque estuvieran perdidas en el paisaje en la lejanía se hacían notorias, con su forma redonda y muy señorial.
Estaban florecidas y sus maravillosas flores amarillas refulgían con la luz.

De repente atrás de un matorral se asoma un pequeño conejito, que miraba con curiosidad para luego volverse a ocultar, no era el primero que veíamos ya nos habíamos encontrado con varios.
Cada vez más pequeño se veía el pueblo, a lo lejos.

Seguimos subiendo, ya llevábamos mucho tiempo haciéndolo y el hambre se comenzó a despertar, habíamos decidido preparar sándwiches y tostadas, que son las tortillas secas a las cuales se usan para ponerle lo que uno quiera sobre ellas.
Llegamos a una piedra lisa que parecía un muy buen lugar como para sentarse a descansar y comer un agradable tentempié, para luego cuando bajáramos tener una deliciosa cena. Ese era el plan.

Ya nos habíamos dado cuenta que quién sabe por dónde estarían los prismas y que quién sabe si llegaríamos a ellos, pues no aparecían.
Me quedé sentada en la piedra plana mientras que mi compañía siguió subiendo un poco más en busca de un camino para llegar a otro cerro que le había llamado la atención.
Luego de un rato me paré y comencé a caminar por los alrededores, a contemplar el cauce del río desde las alturas, donde se veía pequeñito y muy alejado.

Me metí por un pequeño pasadizo de arbolitos que llamó mi atención, lo recorrí me encontré frente a un espacio, donde los cactus dejaban verse en su grandiosidad.

Había algo a mi alrededor que me decía que regresara, el cuerpo no estaba tranquilo, así lo hice, fui caminando y un pequeño cactus de esos que parecen que oran era quien me llamaba. No era una foto lo que quería con su actitud era como si me quisiera trasmitir algún mensaje, eso si me impacientó, me hizo sentir como un estremecimiento muy fuerte que me recorrió de pies a cabeza.

Regresé a la piedra y comencé a silbar esperando la respuesta de quien me acompañaba, la cual no se hizo esperar, en un momento nada más, se le escuchó, aunque se le sentía un poco lejos.
Al rato apareció entre los matorrales, nos sentamos a comer, mientras me contaba la ruta que había descubierto.
Se sentía a lo lejos como un murmullo, una especie de zumbido, que cada vez se hacía más notorio, no sabía en donde ubicarlo .
Ya el sol estaba cerca del horizonte, era hora de emprender el regreso, había que averiguar bien cómo llegar a los prismas, había sido una buena caminata, el lugar guardaba ese silencio y esa posibilidad de estar perdidos en el medio de la nada, rodeado de presencias que acompañaban.
Íbamos bajando cuando de repente se dejó ver el cauce del río desde arriba, la diferencia de la vez anterior cuando lo había mirado es que ahora se movía, si el río fluía y fluía.
-WOW, ¿Qué es eso?, ¡el río surgió!, apareció así de la nada y ni siquiera llovía.

Seguimos bajando sin saber muy claro a que nos ateníamos, tal vez era un poquito de agua y se le podía cruzar sin mucho problema.
El atardecer estaba en pleno apogeo, ya el hermano Sol se preparaba para su retirada y de la nada nos cortaban el camino de regreso.
Al principio uno se queda mirando cómo sin poder dar crédito del acontecimiento, lo más probable que con la boca abierta, sin ninguna reacción como si estuviera paralizado con esa contemplación, hasta que…….
CONTINUARÁ
ZAPOTITLÁN SALINAS
MÉXICO
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Grandiosas fotos. Un abrazo
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Gracias Arpon, que tengas un hermoso domingo, un abrazo
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Me tuviste el rato que duró la lectura, con la respiración contenida. Y ahora tengo que esperar para ver el río fluir en su totalidad.
Me encantan tus relatos y voy a estar esperando la continuación.
Un abrazo.
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¡Qué bueno! Ruth, ya verás en el próximo cómo fluye el río, es increíble verlo delante de los ojos, uno no da crédito que esas cosas sucedan. Un abrazo grande
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