DOMINGO DE RAMOS, MÉXICO

LA ENTRADA TRIUNFAL

El día había amanecido soleado, más allá que el calor no se dejaba sentir como en las jornadas anteriores, por las dudas busqué ropa adecuada por si subía la temperatura, pues veníamos de días que estaba hasta difícil respirar.

Me preparaba  para ir al centro a averiguar de dónde salía la procesión del Domingo de Ramos y unirme a ella.

El pueblo estaba de feria se habían instalado todos los puestos que habían venido por esa semana, además como era domingo era día de plaza, donde vienen  los pobladores de los alrededores a vender sus productos.

En los entornos de la Iglesia muchos artesanos de los que trenzan las palmas para el festejo y bendición de las mismas estaban trabajando ya que es una protección para las casas, para que tengan armonía y estén amparadas del mal, luego de la consagración que se les hace este día.

También se encontraban con ellos los vendedores de ramas las cuales también benditas sirven para las limpias y sacarse de encima las cosas que se pegan cuando uno anda por la vida.

Costumbre del lugar, que en cualquier casa se realiza o en la misma Iglesia en algunas ceremonias.

Fui mirándolas, algunos trabajos muy hermosos, que resaltan a esta fiesta.

Buscaba una cruz, pequeña, sencilla,  pues he andado con ella, tal vez por lo de la Fiesta de la Cruz que estoy escribiendo.

Compré una chiquita y me fui camino cruzando la feria que se extiende por toda la calle principal rumbo a donde salía la procesión en el Plan de la Salida que es otro barrio del pueblo, alejado de donde vivo.

Me fui caminando cuesta arriba, se veían personas paradas a la vera del camino esperando que pasara para unirse o simplemente observar su paso, pero en lo personal quería llegar a donde Jesús se subía al burro, para entrar a Jerusalén, claro si llegaba antes que salieran mejor aun, pues de esa forma acompañaba todo el recorrido.

Iba tarde y aún me quedaba un buen trecho para recorrer.

Llegué a donde estaba el burrito atado, ahí solito, me quedé un ratito mirándolo y tomando aire y luego seguí mi camino en el repecho, me detuve un momento pues una casa roja de adobe me llamó, como si me quisiera contar una historia, indudablemente era ese pueblo de otro tiempo, ese que guardaba el sabor de la tierra, más allá tal vez un día me acerque a ella.

Seguí, caminé un trayecto más y vi que ahí venían, el angelito delante abriendo la marcha, atrás Jesús y sus discípulos.

Se iban acercando al cruce de unas calles, donde más abajo se encontraba el burrito.

En eso se siente una corrida de personas y unos gritos agudos, se aparecen frente a Jesús los fariseos llevando una mujer atada, y la arrojan delante de él, mientras vociferan inculpándola de adultera.

Eso pasó delante mío me quedé mirándolos, poquito a poco me fui acercando, así sin interrumpir.

Me quedé parada entre dos de los soldados, mirando que era lo que sucedía dentro del medio círculo que formaban.

Ahí estaba Jesús, que baja junto a ella, escuchando todo lo que decían los hombres que la juzgaban y llevaban piedras en la mano.

Era la escena de la Magdalena, cuando la quieren apedrear y Jesús dice que:

«EL QUE ESTE LIBRE DE CULPA QUE TIRE LA PRIMERA PIEDRA»

y todos tiraron las piedras al suelo y se alejaron.

Jesús habla con ella preguntándole:

«Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? «

 Ella dijo:

«Ninguno, Señor».

Entonces Jesús le dijo:

«Ni yo te condeno; vete, y no peques más.»

La procesión siguió su camino, cargando la mayordomía la imagen de Jesús con su manto entrando como Rey sobre un burrito.

Las palmas en alto, con cánticos que acompañaban la marcha, la música que nunca falta.

Cuenta la Biblia que Jesús dijo a dos de sus discípulos cuando venían caminando cuesta arriba y llegaron al Monte de los Olivos que fueran hasta una aldea cercana y trajeron al borriquillo que iba a estar atado y que nunca nadie lo había montado. Si alguien les preguntaba por qué se lo llevaban que simplemente dijeran que el señor lo necesitaba.

Así sucedió, tal como les había dicho y llevaron al animalito frente a Jesús, quien lo montó.

Mientras se iba tendiendo hojas por el camino a medida que se daba su paso y una multitud lo alababa.

Era la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, más allá que él era consciente de que iba camino a su muerte.

Así siguieron andando por el pueblo rumbo a la Iglesia donde se realizaría la misa.

Iban enalteciendo a Dios, mientras la muchedumbre los seguía.

«¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!

¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!»

Atravesaron algunos de los puestos del mercado.

La Imagen de Jesús fue acercándose al templo, donde ya aguardaban otros fieles en espera del momento con sus palmas en las manos, sus flores, sus ramas.

El Señor Obispo recibió a la procesión.

El copal fue aromatizando el trayecto.

Ahí comenzó el rito de un pueblo entregado a la fe, en ese Domingo de Ramos, donde se recibía al Mesías, el cual iba a cumplir su calvario, para redimir de pecado a todos los humanos.

El espacio se llenó del brillo de todos los ahí congregados, las melodiosas voces del coro y las guitarras entonaron un canto, que cubrió la atmósfera con su encanto y la Eternidad se hizo cargo del momento.

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