EL DESPERTAR EN EL ATELIER CELESTIAL
Salir a caminar cuando ese azul oscuro es la única realidad y, de pronto, asistir al gran milagro: el cielo tímidamente se empieza a pintar. Como si una mano invisible vertiera agua en el firmamento para diluir las sombras, y el misterio que el encierro custodiaba se devela. El Hermano Áureo, aún sin asomarse tras las montañas prende su luz con matices de colores acuarelados y nos enseña que el «Gran Creador» se ha sentado en su atelier, dispuesto a empezar su jornada de artista celestial.
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«Nada es verdad en esta tierra…», sentenciaba el poeta.
Sin embargo, aquí todo es verdad; solo importa la profundidad de los ojos que miran. En ese destello de inmensidad habita la revelación: todo fluye, todo va y viene. La perfección no nos pertenece, pues ella solo se contempla en el espejo del cielo. Nuestra existencia es una «vida de camaleón», mudando de color según el instante preciso que habitamos. ¿Nada es verdad, o somos solo el juego de las apariencias?. Es la vida escribiéndose a sí misma, apareciendo y esfumándose en un ciclo eterno, ajena a las frías interpretaciones que los pensantes hacemos de ella.
En el sendero aparece la cruz, un recordatorio de la contrición. La Cuaresma ha empezado y nos invita a purificarnos, elegir que parte del alma hemos de purgar, para alivianarnos después del gozo de resucitar.
Así vibra el pueblo, en una entrega absoluta, ¿para qué ir contra ella?. Es mejor que esa vibración nos atraviese y renacer en la ligereza. Al final, somos obra de la impermanencia, nada ha de durar por siempre, todo pasará, como se apaga el ruido mientras la vibración sagrada sigue su camino hacia el silencio.
Mis pasos no paraban, su meta era esa alta escalera que me aguardaba, invitándome a alcanzar la cúspide, con paso lento y constante, peldaño a peldaño, hacia la carretera de tierra que corona la cima. Avancé con pausas insonoras, ahí donde el cielo se volvía una dilución de colores vibrantes que se estiraban sobre la tela sublime. Era una mano misteriosa, casi etérea, la que empuñaba un algodón de nubes dejando huellas vaporosas en ese lienzo infinito, mientras, la mañana, sin prisa alguna se desperezaba en esa entrega que hacia al mundo.
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Luego, el descenso. Enfrentar de nuevo la cuesta, con pasos atentos que se posan en cada peldaño, regresando al pueblo que aguarda sumido en un silencio total. Al llegar a la Iglesia, el cielo se expandía tras sus muros, vistiendo al templo con un ropaje de nubes rebosantes de tonalidades pastel, suaves y delicadas que evocaban a esa Resurrección que muy pronto sucedería, donde las campanas romperían el mutismo y cantarían su júbilo, lanzando a los aires sus tañidos.
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Entonces, el alma preparada se volcaría a recibir ese instante esperado con el corazón abierto y enfocada en el gozo por un nuevo ciclo que se abre, en donde también ella renacería a una vida nueva.
MÉXICO
MARZO 2026
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CAMINO AL AMANECER; EL SEÑOR DEL CONSUELO Y EL HERMANO SOL 2
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SOLTAR EL LASTRE, VESTIR AL VIENTO
EL DESCENSO DEL ANACORETA DEL SILENCIO
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