LUZ EN BLANCO Y NEGRO
El alba se asomó tímidamente monocroma, revelándose como un anciano con su aureola de canas, un velo de dignidad, sabiduría y elegancia que envolvía el espacio.
A través del cristal lo observaba, el frío glacial lo acompañaba, era parte de su esencia misma, aunque la calidez de su presencia arrancaba suspiros desde la raíz del alma.
Frente a él se erigía el portal, una cruz que alumbraba la melancolía, custodiada por una niebla misteriosa que descendía con el afán de poseer la luz de un desierto desnudo. La plata comenzó a vestir el paisaje, se asomaba por cada grieta. Salí tras ella, desafiando la helada para hundirme en ese «borrador» del mundo que se explayaba ante mis ojos.
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Fui subiendo el camino, las montañas se desdibujaban. El gris se expandió, igualaba un paisaje siempre lumínico invitando a una introspección sagrada, hurgar por los laberintos internos en búsqueda de esa paz que todo lo vale, que todo lo entrega, esa que nos enseña el dominio de uno mismo y la prudencia.
Ese tono que en la paleta de la existencia actúa como un puente entre energías opuestas: la luz y la sombra. Algo muy dentro dictaba el aprovechar ese instante que la vida mandaba para abrir el camino hacia nuestro centro, ese punto exacto donde se nos revela lo que verdaderamente somos, y con ello la calma profunda toma el timón del barco.
Hacer el duelo por lo que ya no somos, por el que fuimos, agradecer lo vivido y prepararnos para este aquí y ahora, comprender, ¡por fin!, que detenerse en el pasado es más que un sencillo desatino.
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Caminaba lento. La Navidad se resistía a tomar su hatillo y partir, vibraba aún en la luces diminutas y de melodía constante, en ese pequeño pino y en el esqueleto que la rama de un cactus que el desierto regala. El calendario marcaba que era febrero, ella aún no había permanecía.
Fue tiempo de espera a que el Niño creciera. Aquel que fue depositado en el pesebre en diciembre, cuando trajo con su nacimiento la enhorabuena al mundo, ahora, tras ser vestido y arropado con religiosidad, se sentará en su silla y se lo llevará a presentar al templo para ser bendecido. Es el Niño Dios, la esperanza que late en el frío.
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Subía, subía, más cerquita del firmamento, que descendía en nubes tapando el paisaje con sombras blanquecinas. Era una invitación a una nueva iniciación, a una renovación absoluta, a viajar más liviano de carga y fundirse a la belleza cenicienta que lo acuarela todo.
La niebla sobria y sofisticada, se presentó como manto en la lejanía. Llegó como una señal divina, para enseñarnos la sutiliza de arrancarnos ese parche de la mirada interna. Dejar que ella asome y que nos recuerde que la vida fluye por senderos invisibles, que el amor es el único sentimiento capaz de guiarnos por el enigma de la existencia.
MÉXICO
FEBRERO 2026
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SOLTAR EL LASTRE, VESTIR AL VIENTO
EL DESCENSO DEL ANACORETA DEL SILENCIO
LA SUAVE CASA DE LA EXISTENCIA
EL CIELO SE PIERDE EN EL INFINITO
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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!


Qué hermoso lo de «borrador del mundo» adentrarte en ese paisaje, encontrarte a ti misma, sentir, palpar la niebla y darte cuenta de lo que somos en este caminar hacia el desierto de nuestra nada que a la vez lo es todo. Me ha gustado mucho tu prosa, Themis. Mi abrazo fuerte. Gracias.
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Gracias Julie, fue una bella experiencia una mañana muy fría y la niebla que dificilmente se ve por estos lares. Me alegra que te haya gustado, abrazo más que grande y que tengas un hermoso fin de semana.
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