DESAYUNO DE MONTE: CUCHAMÁ Y MACHICHES  (3)

LA MAGIA DE LA  PRIMERA VEZ

Había subido el cerro para visitar a Maguito, me la topé en el camino e iba a toda carrera como suele hacer a comprar en el pueblo tortillas, me habló algo que no entendí, que había velado a la chiva en la noche.

En el camino de ida me había encontrado con un pajarito rojo que casi se estrella conmigo y el cual me gritaba desde un árbol bien enojado y llegaron otros dos, ahí nos enfrascamos como en una discusión, si es que se le podía llamar así, un episodio extraño.

El día se presentaba raro, más aún se corroboró cuando me senté a esperar en un pequeño refugio entre arbolitos bajitos que hacían de techo para que el sol no quemara, mientras llegaba ella de vuelta.

El eso se aparece por el camino acompañada de sus perros que a toda carrera habían salido al encuentro.

*

*

Mientras el café se iba preparando, me iba platicando lo que había sucedido con la chiva que hacia un tiempo se le había perdido y que ella andaba buscando, y me había dicho que había estado toda la noche velándola, cosa que para mí era algo extraño, no entendía que era lo que quería decir con eso de «velar a la chiva».

Me hablaba en chino, no conocía ese conocimiento, ni esa forma de búsqueda en ese vasto desierto que muchas veces no hay otros medios para hacerlo que encontrar en esos sortilegios el camino de la manifestación.

-¿Cómo está eso de velar la chiva?- le pregunté.

Me quedó mirando como sorprendida, tal vez de que alguien no conociera esas artes o lo que es más que la tomara como otra cosa o como muchas veces sucede le dijera que esas cosas son mentiras o que cuenta cuento.

-En la noche se prende la vela y ella va largando sus lagrimitas, que corren por las paredes y va marcando hacia donde se fue y por donde anda, hay que irla siguiendo, pues va mostrando el camino que se tiene que ir y me dijo que está allá por las salinas.

-Pero eso está bien lejos- le dije

-Es que lleva días perdida, yo la vi, porque la salí a buscar pero como no llevaba a las otras chivas, se escondió y no salió, por eso ahora me voy a llevar al rebaño conmigo.

*

*

Sirvió el café, una delicia de aroma que emanaba y otra que se antojaba el que enfriara un poquito para saborearlo.

-Pero también vamos a desayunar, porque ayer a la tarde llegué con mucha hambre de sacar a las chivas y en el monte había juntado los machiches y tenía unos jitomates y algunas hierbas, un ajo grande y los preparé, comí anoche y ahora la invito.

Su guisado de machiches calentitos y sabrosos como pocos, aromatizados con las hierbas del desierto, «de esas que voy encontrando».

*

*

De repente se da vuelta y de una bolsa saca un puño de algo que los deposita sobre la mesa.

-¿Qué es eso?- pregunté

-Son los cuchamá, los gusanos del monte, están sin freír ni nada porque los iba a mandar para el Norte, pero con eso que ahora está difícil que puedan pasar todavía no los he mandado, pero un poquito para acompañar no les quita nada.

Primera vez que los tenía secos frente a mí, los había visto arrastrándose por los árboles, pero así, para que los comiera era otra cosa, siempre que esto sucede con el probar este tipo de alimento algo dentro mío da un vuelco, pues es demasiado el prejuicio que llevo interiorizado.

*

*

-Cómalos, o ¿quiere que los fría?

-No así están bien.

Tomé un tortilla como había hecho ella, puse unos poquitos en el medio e hice un taquito, no se podía despreciar y de esa forma al no verlos como que al cerebro no le caía el veinte y lo engañaba y hay veces que es muy simple hacerse el menzo con él, le hinqué el diente, y ahí entendí los motivos por los cuales, cuando es su momento, todos están detrás de ellos.

Una delicia, de esas cosas que no se pueden comer solo una, como las papitas fritas, esas que vienen en bolsitas, se pueden volver adictivos, pero eso sí naturales y con un sin fin de proteínas, vitaminas, minerales y quien sabe cuántas cosas.

– Yo no los recolecté, los compré pues es mucho trabajo el encontrarlos, y hay que tener permiso para hacerlo, después hay que tener cuidado de agarrar solo los que están grandes y maduros, los que tienen un color verde fuerte, y hay que cuidar de no sacudir al Manteco para evitar que se caigan los pequeñitos y tiernos, porque ahí se los devoran las hormigas y ellos van a ser como las semillas para que haya el próximo año. Después hay que cocinarlos, solo son de temporada, hay que esperar que haya harta lluvia por eso hay que estar al pendiente cuando empiezan a nacer.

*

Imagen internet

*

Mientras que me contaba yo seguía tortilla en mano disfrutándolos y no solo a ellos sino a ese desayuno que el monte me había regalado.

-Todo esto se lo tenemos que agradecer al monte y a Dios- me decía mientras reía- es desierto pero hay mucho para comer si se sabe vivir en él.

Terminamos de desayunar, de tomar el cafecito, de matarnos de la risa con todas las ocurrencias que nacían, una detrás de otra, como dos niñas viejecitas que juegan felices y comparten en su mutua compañía lo que el Cielo les envía.

Le agradecí ese desayuno de monte, un manjar para grandes gourmets, que llegan a estas tierras para regodearse con él y pagar grandes sumas, aquí es comida de pobre, de aquel que es el cerro quien muchas veces lo provee y le da de comer.

Llegó la hora de irse, caminando lentamente fui bajando la cuesta, dándome cuenta de la gran alegría que prodigan las cosas sencillas y simples que la vida nos presenta, un tesoro que se nos pasa desapercibido hundidos siempre en la vorágine de lo urgente, creyendo que vamos a vivir por siempre, sin darnos cuenta que el mañana no existe, todo lo que tenemos es este instante que hay que vivirlo con aquello que escondido trae en él.

MÉXICO

OCTUBRE 2025

***

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6 comentarios en “DESAYUNO DE MONTE: CUCHAMÁ Y MACHICHES  (3)

  1. Un montero me dijo, si quieres llegar a la cima como un joven, asciende como un viejo. Creo que vivir de manera sencilla, adaptando el paso al reto de cada día, mantiene alejado el cansancio y procura una existencia feliz. Releo estos días. La sociedad del cansancio, una obra que recomiendo a todos excepto a vosotras. Un abrazo.

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    1. Que gran verdad te dijo, esa sabiduría que se aprende en el camino, la que no necesita libros. En eso estoy de acuerdo contigo Carlos, llegando a la sencillez y simpleza sin tener que mantener muchas cosas, lo básico nada más, con fe. No leí ese libro, ni idea tenía de él, Abrazo grande muy grande y no me canso de decirte que me gusta mucho que llegues a visitarme.

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  2. Hola, Themis, ¡ay, madre! Ni con tortilla ni con nada, creo que no hubiese sido capaz de probarlos. Si dices que es un manjar de dioses del desierto, que me perdonen los dioses pero prefiero otra cosa. Sin duda, una gran experiencia la que tuviste entre unas cosas y otras. ¿Qué tal fue luego la digestión de los mismos?

    Un abrazo. 🤗

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    1. La verdad que me acordé de tí cuando me los pusieron frente y que un día dijiste que ni loca los comerías. Son muy ricos, nutritivos y de muy fácil digestión, así son todos esos bichitos, claro imagino que también depende de la cantidad que comes, generalmente son acompañantes de alguna comida o como botana leve.
      Fue realmente ese día una experiencia extraña y no esperada ni imaginada.
      Gracias Merche, abrazo muy grande

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  3. Cuanta verdad alberga el final de este texto. Lo he disfrutado, aunque no llegué a probarlos, sí los vi en algunos mercados. Hwermoso desayuno, Themis, La amistad, el monte, el desierto, sus manjares, el tiempo compartio con amigos… eso es maravilloso en esta vida. Allí donde estemos y nos toque vivir. La filosofía es la misma. Mi abrazo. Y me saludas a Maguito.

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