TENOCHTITLÁN: CUAUHTEMOC

EL QUE DESCIENDO COMO ÁGUILA

Al entrar al museo, las luces se apaciguaron, el sol estridente dejó de hacer efecto y fue muy notorio el cambio a una atmósfera mucho más tenue, sosegada, donde los ojos se abrieron en toda su dimensión y se percibían muchas sombras pululando por los alrededores, mirando una exposición que estaban presentando sobre quién gobernaba la ciudad de Tenochititlán antes de su caída, último emperador azteca en defenderla durante el asedio y la conquista española en 1521: Cuauhtémoc.

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Aún rondaba en mi cabeza el encuentro con ese jaguar de piedra que en sus ojos tallados guardaba secretos milenarios que me observaba desde un silencio eterno y él me fue llevando a los guerreros de elite, tanto los jaguares como las águilas y más aun al repasar mi memoria surgió una imagen de ellos, cuando alguien muy cercano a esos orígenes y muy conocedor de toda esa historia, no solo por llevarla en su sangre sino por ser un gran estudioso de ella, contándome cómo eran, él mismo comenzó a transformarse en uno de ellos, en sus movimientos, en la bravura que su cara transmitía, donde no pude dejar de sentir una mezcla de asombro y temor. Su mirada firme, su cuerpo marcado, listo para la batalla, me daba a conocer un eslabón de un ritual ancestral, una conexión con aquellas fuerzas que gobernaban ese mundo, donde aún por su sangre corrían, estaban amparadas en ese recuerdo genético, en ese inconsciente colectivo de sus raíces. No estaba olvidada la historia, aún seguía presente vestida de actualidad, sin embargo a pocos pasos estaba esa grandiosidad vivida lo que habían sido aquellos encargados de tomar los prisioneros para los futuros sacrificios y que muchos de ellos estarían adornando ese muro, aunque adornar no es la palabra correcta sino más bien, «ritualizarlos» como ofrenda a sus dioses o a su miedo.

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Daba la vuelta, recorría el lugar, ahí todo era Cuahtemoc, el que descendió como águila, ese nombre que estaba en sintonía con esas aves que se elevan al cielo, mirando desde las alturas con esos ojos que todo lo ven y se lanzan sobre su presa y antes se pueden poner como estrategia tras el sol para cegarlas y ¡ZAS!, de improviso agarrarlas de sorpresa.

Su nombre tenía mucho que ver con esos aguerridos guerreros águila y con lo belicoso de la sociedad en la que había vivido, educado y gobernado, por eso se le representaba de esa manera con alas, con plumas, con la gallardía de esa ave, la reina del cielo.

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Seguía mi andar entre el murmullo que escuchaba de todos los visitantes que observaban lo allí expuesto, esa entrada que les recibía y que hasta acallaban las voces de los niños frente a lo que veían o a lo solemne del espacio, donde esas luminarias tenían el arte de apaciguar, de hacer entrar al alma en otro estado.

En el recorrido se iba detallando todo lo ocurrido entre la llegada de Hernán Cortés a Tenochtitlán, los alzamientos, el asedio y caída de la ciudad, donde el último acto de resistencia tuvo lugar en Tlatelolco, donde Cuauhtémoc fue apresado y de esa manera los españoles unidos a todos los enemigos que tenían los mexicas lograron ese derrocamiento y de esa manera entregaron «la urbe palaciega», al decir del conquistador, marcando el fin del Imperio Mexica y el inicio de la presencia colonial española, en lo que hoy se conoce como México.

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Esa bella urbe que a pesar de ser una ciudad grande y vibrante, mantenía prácticas que reflejaban un entendimiento profundo de como interactuar armónicamente con el medio ambiente, del respeto hacia él, desde su diseño, donde el cuidado de las áreas verdes bien distribuidas era prioritario, al igual que el sistema del agua, el de los deshechos, el del cultivo en chinampas para la autosuficiencia alimentaria, así como muchos otros detalles que del otro lado no se veían.

Así poco a poco irían sepultándola, para dar paso a la creación de un nuevo modelo a usanza y costumbres de los recién llegados, que nos conduciría a esta gran «orbe» donde ya no se respira, eso sí, qué hubiera sido con el otro modelo, saben los dioses,  pues no hay certeza que se hubiera seguido por buen camino, ni disminuido la violencia, solo a lo que se ha llegado, donde todos somos responsables.

Ese último acto de resistencia que tuvo lugar en Tlatelolco, fue seguido por la tortura de Cuauhtémoc, a través del «fuego manso», como se le llamaba a esa técnica hispana en la que se le untaba aceite en los pies de la víctima, para luego exponerlos a las llamas y con ello derretir su piel.

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También esta muestra nos habla de cuando Cortés en 1524 decide ir a conquistar Honduras, aventura que realmente fue funesta para él, en donde se lleva a Cuauhtémoc y a su primo los cuales tenía en cautiverio, pues temía que en su ausencia pudieran organizar una rebelión en la capital virreinal, durante el trayecto recibe la información de que están conjurando en su contra, los interroga someramente y los manda matar, ahorcándolos en algún lugar de los actuales estados de Tabasco o Campeche.

Como cierre se evoca la influencia que tuvo en la época virreinal, así como en los siglos que siguieron, donde es recordado como símbolo de resistencia y valentía frente a la conquista, no solo por los que lucharon en contra de fuerzas españolas en otros puntos de la historia, sino hasta nuestros días.

El punto final muestra la imagen del tlatoani en el imaginario tradicional al igual que las imágenes de la Malinche, otro personaje fundamental de la conquista y de Hernán Cortés, en unas máscaras realizadas en el siglo XX en Tulimán y Oxtotitlán, Guerrero, y muchas de ellas usadas en las Danza Aztecas.

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La muestra deja bien claro que el joven gobernante no solo fue un héroe, sino un «águila que desciende», emblema de libertad y tenacidad.

Doy la vuelta y ahí se aparece el buscado, del otro lado del salón ahí está ese…

CONTINUARÁ…

MÉXICO

ABRIL 2025

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Agradezco fotos tomadas de internet

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10 comentarios en “TENOCHTITLÁN: CUAUHTEMOC

  1. Hola, Themis. Qué maravilla poder sumergirse así en una atmósfera tan cargada de historia y simbolismo. Tu relato transmite no solo el recorrido físico por la exposición, sino también un viaje emocional profundo. Es como si la figura de Cuauhtémoc cobrara vida y nos invitara a recordar que la memoria y la dignidad siguen latiendo. Me quedo con la imagen de ese «águila que desciende» y con el eco del jaguar que, desde su silencio de piedra, nos observa para que no olvidemos quiénes fuimos y lo que aún podemos ser.

    Un abrazo 🤗

    Beatriz (Historia)

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    1. Hola Beatriz, gracias, me da gusto tenerte por aquí dándote tu vuelta, con estos temas que aun son parte de la historia actual, pues sigue siendo un ejemplo de resistencia que les ha servido a otros que aún hoy en día se mantienen firmes en su defensa de sus territorios y en su forma de ver al mundo a pesar que el poder los quiere avasallar.
      Abrazo grande

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  2. Hola Themis, me encantó tu entrada y cómo vas narrando todo lo que ves. Cuauhtémoc fue una figura trágica, le tocó lidiar con el desastre que Moctezuma permitió y a pesar de su valentía no pudo hacer ya mucho. Su suplicio injusto quemándole los pies también impresiona y luego su asesinato. Jamás sabremos realmente donde quedó el último gran Tlatoani de los mexicas. Preciosa entrada. Abrazo fuerte.

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    1. Gracias Ana, Cuauhtemoc será siempre símbolo de la resistencia y la valentía, hasta ahora en muchas comunidades estos valores se remiten a él. Una barbaridad el suplicio a que lo sometieron, bueno, también eran «bárbaros», que se sorprendían de las barbaries del lugar a donde llegaban, sin embargo no dejaban de hacer lo mismo. El último Tlatoani remontó vuelo como el águila que era. Abrazo inmenso y de nuevo gracias me encantan tus comentarios sobre estos temas,

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  3. Themis, lo que has hecho aquí va más allá de una crónica museística. Has construido un puente sensorial entre el presente y el eco de un linaje milenario. A través del espacio del museo –ese lugar donde la historia suele dormir entre vitrinas–, has invocado la memoria viva de Cuauhtémoc y los guerreros jaguar y águila, pero también lo que sigue latiendo bajo las capas de cemento de la gran ciudad.

    Me ha encantado cómo entrelazas dos dimensiones: la externa, histórica y documentada, y la interna, personal, casi espiritual. Ese momento en que alguien cercano se transforma ante tus ojos, reencarnando la memoria corporal de sus ancestros, es uno de los pasajes más potentes del texto. Transmite algo que se impone: la identidad como herencia que no se olvida, sino que se manifiesta cuando se la convoca con respeto.

    Y todo esto lo relatas con una voz clara, profunda y serena. Con un lirismo contenido que en vez de embellecer por fuera, honra por dentro.

    Gracias por este viaje, compañera.
    ¡Un fuerte abrazo!
    Tarkion.

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    1. Hola Miguel, gracias a tí por dejarme ese sentir que captas en esta forma de trasmitir esa vivencia que tengo y que cada día descubro más de este México. Los museos en realidad no me gustan, al igual que cualquier espacio donde se aglomeren personas y sea cerrado, me acostumbré al aire libre a la naturaleza, este viaje a la Ciudad me hizo llegar a este Museo del Templo Mayor en búsqueda del muro de los cráneos, estaba casi a la entrada y fue con esto con lo que me encontré, primero y me rememoró mucho de lo vivido, de la historia que ahí quedó enterrada.
      Te mando un abrazo super grande y ya llega la continuación

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  4. Hola, Themis, uuffff, historia viva, con las imágenes y tu crónica del mismo. Tuvo que ser un gran dios no hay duda, muy venerado, por su atuendo y por todas las leyendas que circulan sobre él (las cuales conozco gracias a ti). Qué bonitas esas palabras «águila que desciende», dice mucho de lo que significó.

    Gracias por mostrarlo.

    Un abrazo. 🙂

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    1. Cuauthemoc era el gobernante mexica cuando llegaron los españoles y fue el último, el dios protector de Tenochtitlán, era Huitzilopochtli, en la próxima entrega hablaré de él.
      Gracias por tus palabras y pronto llegará el próximo capítulo. Abrazo super grande

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