LAS PAREDES QUE HABLAN

CUANDO EL ARTE NATURAL RODEA

El día que fuimos a Cuthá nos pusimos de acuerdo para emprender otra salida, llegar al «Paraje de las Palmeras», donde íbamos en busca de los relieves que en las paredes que se encuentran en el cauce del río que la cruza, los nidos de águilas y si teníamos suerte podríamos verlas en su vuelo.

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Llegó el día y nos aprontamos, salimos tempranito en la mañana cruzamos el pueblo para alcanzar  la carretera y del otro lado de ella a unas cuadras nos aguardaban.

Subimos a la camioneta y emprendimos el viaje, la luna se veía en el cielo, se negaba a ocultarse, lo coronaba y como si fuera testigo silencioso nos seguía en todos nuestros movimientos.

Hacía frío, se colaba y entraba a través de las rendijas y se mezclaba con el sonido del motor, creaba sin proponérselo una sinfonía de retraimiento y aventura, por lo menos para mí, me iba a encontrar con algo que desconocía, a donde nunca había estado, a esas palmeras que había sabido de ellas por un libro sobre la joya de la sal o sobre Cuthá, no me acuerdo bien, en cual, las menciona, igual que hablaban de los cerros de tepalcates que había y que se desconocían los motivos por los cuales se habían creado.

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Había algo mágico en esa retirada de la noche, en el misterio que guardaba. Sabía que, a pesar del frío y las incertidumbres, este evento marcaría de formas que no podía imaginar.

¿Quién sabe que sacaría de él?, hacia qué lado de mi adentro o de mi afuera me conduciría, pues si hay algo que en este andar va señalando es que son en las dos direcciones que se mueve. A veces al mismo tiempo, pasado y futuro se encuentran, como si fueran todos estos cauces de los ríos secos que se entrelazan, por eso tal vez es que me fascinan, que me llaman, que cada día los siento más cercanos a ese mí mismo.

Llegamos. Bajamos de la camioneta. Nos embriagamos con la inmensidad que se abría. La luna nos miraba. Nos sonreía.

El Hermano Sol pintaba las montañas a lo lejos y bajo nuestros pies las piedras boludas por miles, de todos los tamaños. Ellas solo advertían, «No te descuides». Esta vez iba prevenida, llevaba mi cayado de peregrino.

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El gran dilema, se cargaría o no con lo que llevábamos para ese desayuno que habíamos preparado, ese instante especial en donde todos nos congregamos y compartimos lo vivido con el sagrado alimento, mientras descansamos para emprender el regreso.  

Mi mochila va conmigo, no la suelto es parte en cada una de estas salidas de mi esquema corporal, ella lleva todo aquello que puedo necesitar, liviana en sí misma, para nada tiene que ser un lastre, sino una solución.

Se lleva todo, no se sabe cuánto tardaremos en recorrer ese cauce, ni que suceda en el camino, mejor es ir prevenidos.

Damos los primeros pasos, la primera pared se presenta delante, ese bajo relieve esculpido por los tiempos, donde cada grieta narra historias olvidadas de la evolución y cada sombra evoca ecos de un pasado lejano, de millones de años. Los cactus columnares esas antenas conectoras, esos guardianes del desierto por cientos están sobre ellas.

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A medida que avanzamos, esos rasguños que dejaron su huella con un movimiento parecen danzar, subir y bajar, lograr el ritmo que le da el sabor a lo acaecido.

El aire se carga de silencio, un silencio reverente como si el mismo se estuviera encargando de guiarme, llevándome a rincones ocultos, en ese espacio en donde los recuerdos permanecen atrapados en el tiempo.

Admirando esa pared frente, que me invitó a detenerme, a contemplarla, a perderme en ella, en ese gran mural tallado, con las gubias del gran maestro, ese que no se ve, sin embargo su esencia se siente en cada curva, en cada sombra que juega con la luz.

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Su parte soñadora, su parte rebelde, su simple observación del transcurso de la vida, que es su creación misma, que la va plasmando en ese arte que nace de esa espontaneidad sin palabras, ni razonamientos, ni… sencillamente lo deja estampado en este puente entre lo efímero y lo eterno.

Me habla, me dice, que el arte es el centro, que el verdadero no solo se ve, sino que se siente y se respira, se absorbe de él el sentir innato de la creación misma, de ese juego caprichoso donde se crea por crear, donde se experimenta, se descubre, donde el resultado no es lo que importa sino el proceso mismo de lo vivido, dejar fluir a la esencia humana de lo que somos, como la naturaleza lo hace con la divina.

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Es él quien nos tiende la mano para volvernos creadores en nuestra propia vida, volcarnos a encontrar la belleza en lo cotidiano, el significado de lo fugaz, con ello llegar a estar un poco más cerca de lo sagrado, para fundirnos, soltar todo y así livianos, seguir el viaje hacia lo desconocido, como un acto de celebración con la vida y el infinito.

CONTINUARÁ…

MÉXICO

MARZO 2025

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CUTHÁ: SALIENDO DE LA TUMBA CUEVA

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10 comentarios en “LAS PAREDES QUE HABLAN

  1. ¡Themis!

    Este texto tuyo no se lee, se camina. Se respira. Se toca con los dedos llenos de polvo antiguo y con los ojos entrecerrados por el reflejo de la luna. Me has llevado contigo, sin preguntar, como quien te lanza un bastón de peregrino y te dice “anda, que esto es tuyo también”.

    Y claro que lo entiendo, más de lo que imaginas: cuando hablas de esas paredes que te hablan, que te enseñan sin decir una palabra, que te dejan más liviana de tanto mirarlas… eso lo he sentido. Aquí en Asturias hay paisajes que también murmuran si los dejas y en el sur, por mi tierra, me vienen recuerdos de hace más de 40 años que no quiero desplegar siquiera. Pero tú lo cuentas con ese sentir tan tuyo que no necesita florituras, solo verdad. Una verdad poética, sí, pero sin artificios. Con barro, con silencio, con alma.

    Me encantó esa idea de que el arte auténtico no se mira: se respira, se absorbe, se vive. Porque así es como vibra tu relato, como arte natural estampado en piedra, sin permiso y sin pedir disculpas.

    Un abrazo enorme desde este lado del mapa, con olor a tierra húmeda y a musgo, que también sabe de voces antiguas.

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    1. Hola Tarkion, camines por donde camines, incluso aunque no lo hagas irás encontrando y encontrándote con ese misterio que se cierne en el espacio que te rodea, cuando eres capaz de sumergirte sin miedo, sin preconceptos, simplemente como un alma que busca en encuentro, que no hay otra meta más que alcanzar eso sublime que como respiro está en donde te encuentres. La Naturaleza, esa sabia maestra que te muestra sin ningún pudor ni misericordia la realidad de este espacio mundo en el que vivimos, en el que interactuamos y que te enseña y te refleja, en todo lo que fue creado por y en ella. La vida es arte, ese arte que no está colgado en los museos, sino en el andar, en esos paisajes que donde sea los encuentras y nos emparentan…. Gracias infinitas por tus palabras, un abrazo grandísimo con aroma a tierra seca esperando la lluvia.

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  2. Me encanta, todo lo natural me atrae muchísimo, esas formaciones, las arrugas de la tierra y que cuentan su historia se me hacen super interesantes. Lo loco es lo de las palmeras en medio de ese desierto. Muy bonitas fotos y relato Themis. Como siempre. Saludos.

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    1. Lo sé, tu también eres de monte, de estar rodeada de naturaleza de la que sea, aquí te rodea el infinito, es un paisaje tan abierto, pequeños arbustos, cactus, espinas, que en el flotas. A mi se me hicieron igual las palmeras como que muy locas, pregunté de donde habían salido y nadie me supo decir, solo que eran como un oasis, tal vez algún día encuentre a alguien que sepa algo sobre ellas. Te manco un abrazo super fuerte, gracias Ana

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  3. Themissssssss vaya que me has sorprendido! Esta vez el viaje acompaña a otro viaje que es el de tus emociones, de tus desvaríos, de tus cuestionamientos miles, de tus plenas certezas de que la vida es eso que llevas adentro y nada más, y nada menos. Que la honras, que la bebes. ME ENCANTÓ con mayúsculas. Un lenguaje precioso, vives en la vida, sucumbes a su amor nato y vas con ella con el alma y con el cuerpo.

    (Y con la mochila que ya es parte de todo esto).

    Un abrazo kilométrico y cafetero.

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    1. Hola Maty, los lugares con los que te encuentras te hacen irte, unirte y fusionarte, sentirte parte, te elevan a pesar de verte pequeño, pequeñito, te reflejan la humildad que has de tener para volcarte a ellos. El desierto no es un juego, es de cuidado, es engañoso, es descarnado, primitivo, te lleva al origen y hace que si no te vuelves parte de él te saque fuera. Gracias por ese abrazo cafetero una delicia, ahí te va otro…

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  4. Hola, Themis, conforme te leía, pensaba: ¿las tocaría? Y eso te pregunto: ¿las tocaste? Porque es lo que a mí me hubiese apetecido, al mismo tiempo que cerraba los ojos. Esas paredes hablan, seguro, testigo de los tiempos, espectadoras de primera mano del correr del tiempo. Una maravilla de paisaje. Y a las águilas, ¿las visteis?

    Un abrazo. 🙂

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    1. Jjajajajaj, mira que eres curiosa, claro que sí, lo que no hize fue buscar fósiles en ellas, pues por lo que me contaban, esta lleno, se le rasca un poco y lo que te parece una piedra es un caracol fosilizado o alguna planta. Solo sus nidos, no había, sin embargo ya las conocía de otro paraje que había ido y volaban libres con una belleza que atraía. No era su tiempo todavía. Abrazo más que grande y gracias

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  5. Me adentro contigo en ese camino de piedras, donde se necesita la ayuda del bastón peregrino y siento el tiempo en tu caminar, lo superfluo, lo eterno, lo que en realidad somos al unísono con la naturaleza. Gracias, Themis, por la fotografía también, es hermoso contemplar ese aspecto de las paredes, de las piedras. Gracias, amiga. Hermoso paseo y sin tropezar, contemplando la belleza que nos rodea y aprendiendo de sus edades. Un fuerte abrazo.

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    1. Bien Julie, aquí te encuentras desde casi en inicio de la vida, junto a lo etéreo que nunca deja de ser, de presentarse, de estar rodeándono en todo. Es majestuoso te sientes un pequeño punto dentro de esta inmensidad y sin embargo entras en ella, eres parte, tanto de lo sólido como esas rocas como de esa parte invisible. Gracias, abrazo grande y me encanta que estés conmigo

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