CIUDAD DE MÉXICO: DESANDANDO EL PRINCIPIO

LO INESPERADO

Había tenido que ir cerca del lugar en donde fue mi aterrizaje en la Ciudad de México, hace más de cuarenta y seis años, ese gran monstruo que me dio cobijo y me hizo volver a respirar libertad, a perder miedos, a no estar con la angustia a flor de piel.

Miré a lo lejos de donde me encontraba y vi la Fuente de las Cibeles, esa que me atraía e iba caminando a darle la vuelta pues siempre tenía sus chorros de agua saltando, cosa que de donde venía ya no existía, hasta ellos habían dejado de danzar.

Por algo ahí estaba, por algo me volvía a llamar, por algo había llegado hasta ahí, por algo… no había que descuidar las señales que la vida manda.

Encaminé mis pasos hacia ella, había algo dentro que me decía que era la hora de desandar todos esos pasos e irlos fusionando, integrando en el adentro para que solo quedaran como lo vivido en un tiempo, desactivando emociones y cargas que no aligerarían el viaje cuando la vida dictara que era necesario el emprenderlo, perder los apegos y mientras eso no sucedía, el volar a otras esferas, era menester el hacerlo, para que no  ocuparan lugar a que nuevos sucesos se presentaran, también imperiosos de ser vividos.

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La Ciudad de México me maravilla cada vez más por la forma frondosa en que su vegetación está creciendo, la cual tuvo un despertar después de la pandemia, aunque su contaminación sea extrema, el aire y su calidad deja mucho que desear, es una gelatina que entra por las fosas nasales, tiene consistencia, imagino que así es para alguien acostumbrado a respirar oxígeno, en vez de contaminantes.

Sin embargo, pasearla a paso lento, pues la altura y esa atmósfera no me permitía más que moverme a un ritmo de ancianita contemplativa, no pausado, sino extremadamente calmoso, deteniéndome a cada tanto, si había algo en donde sentarme mejor, sino solo para recrearme en el alrededor, fuera personas o edificios.

Tomé la espesura de la avenida, esa que tantas veces me vio caminarla, sumergirme entre esos gigantes que se niegan a dejar de ser y se adaptan, entre la cantidad de pajarillos, que revoloteaban por todas partes, pues indudablemente cada día hay más.

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Así comencé el recorrido por mis primeros lugares conocidos, por los primeros apartamentos que habité, para verlos, para saber que había hecho con ellos el paso del tiempo recordar algunos acontecimientos, despedirme de una manera simbólica de lo vivido, agradecer lo bueno y lo no tan bueno que, sin embargo dejó grandes enseñanzas en mi haber, como que el desapego es una condición del estar por estas dimensiones, quién nos va mostrando que hay que cultivarlo sobre todo cuando se es la libertad la que está en el tapete. No apegarse a nada, ni siquiera a nosotros mismos.

Reencontrarse y dejarse ir, soltar, agradecer todo lo acontecido, la atención plena en el momento que se está viviendo, el control de las emociones, ni el drama ni la gran algarabía, el camino del centro, la aceptación…..

Me acerqué a esa fuente, me detuve un rato en la sombra a mirar sus delgados chorritos de agua que lanzaba a pesar de la carencia de la misma que tiene la ciudad, no se detenían, no era necesario ella los guardaba en sí misma.

Un hombre paseaba a los perros, esos que cada día abundan más por todo los lados se cruzan los paseadores. Él estaba muy ocupado en enseñarle a un pequeño que mantenía atado por dónde andar, mientras a los otros los entretenía con una pelota que les lanzaba y corrían a buscarla, me sorprendió mucho que cada uno de los perros que estaban en ese juego y eran tres, se turnaban, aunque todos corrían juntos.

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Tomé el camellón repleto de árboles longevos, iba mirando todos los negocios que habían prosperado en la zona, tiendas, las calacas, las que no pueden faltar en este México, que antes no estaban, restaurantes, pues ahora se estaba volviendo una zona exclusiva.

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Respiré si a eso que se hacía, así se le podía llamar, tratando de absorber el poco oxígeno que ese aire traía y llegué al Palacio de Hierro, esa tienda que fue fundada como por el 1888 y que se le llamó así pues al ver la gente la estructura que se construía decían que se estaba levantando «un palacio de hierro», claro que esta es una sucursal, la mera, mera está en el Centro de la capital.

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Recordé al taxista que me trajo en este viaje a la ciudad y recordé que el primero que tomé, saliendo del aeropuerto por una confusión en la fecha y horario de mi arribo y que no fueron por mí y me instaron a que llegara en taxi, también tuve una discusión con él.

Me ganó la risa con esa remembranza, me empecé a reír como los locos que lo hacen solos y sin que en apariencia hubiera algo que lo ameritara.

¡¿A quién importa a esta altura del partido y desde mucho antes, qué piensen los demás o lo que imaginen?!. Solté la carcajada, un chavo que cruzaba la calle me quedó mirando y solidario me regaló una gran sonrisa, a la cual respondí y saludé y a partir de él, el mundo cambió.

Él, el taxista que me llevaba, no encontraba la calle, daba vueltas y vueltas, no había GPS, tampoco llevaba mapa de la ciudad, y por más preguntas que me hacía no sabía contestarlas, ya estaba un poco furioso y de repente pasamos por el Palacio, recordé una carta que mandó mi hermano a mis padres donde describía con lujos de detalles son andanzas, esta vez era rumbo a él a comprar unos panes dulces que le encantaban y que luego me contagió su adicción a ellos.

-¡Ésta es la calle!- le grité muy entusiasta al chofer, el cual se puso a decirme el por qué no le había dicho antes que sabía en donde estaba y bueno, para qué contar en qué desembocó el acontecimiento.

La tomé y llegué a ese edificio, donde lo primero que me sorprendió fue la vegetación y lo hermoso que estaba.

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El recuerdo de aquellos primeros arbolitos que habían plantado en la vereda y que eran unos palitos delgaditos, con pocas hojas y que en el tiempo que ahí estuve no crecían y ahora se mostraban en todo su esplendor, tan altos estaban que llegaban hasta las ventanas de ese primer apartamento que me recibió en el segundo piso y lo sobrepasaban, camino al cielo.

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Me quedé contemplando, como si fuera una película rápida fueron pasando frente a mí muchos de los momentos habidos en él.

Desanduve  el camino rumbo al primer apartamento que tuve sola, cuando esperaba el arribo de mis hijos, cercano, heredado de una gran flautista, que en ese momento era una chava, que se iba a Europa con una beca a perfeccionarse. Me lo dejó, pequeño, pequeñito, llenó de puertas, en el cual jugábamos a las escondidas a no encontrarnos, con dos parques cercanos, uno en frente y el otro en el fondo.

Lo abandonamos cuando un terremoto abrió una pared y me aconsejaron que lo dejara pues se podía caer, aún sigue en pie, restaurado, con sus jardineras, vivíamos en la planta baja.

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La sonrisa nació, era hora de decirle «Adiós», de reconocer lo vivido en él, de ese cobijo que me dio, de esa alegría, pues fue mi estar sola por primera vez, en una ciudad desconocida que me había amparado en tiempos difíciles.

Crucé rumbo al Parque España, mi jardín del frente, donde muy buenos momentos pasamos en él, donde correteábamos, jugábamos y teníamos nuestros días de campo nocturnos. Iba en busca de un puentecillo, que era uno de mis refugios en aquellos domingos solitarios del inicio, en los que deambulaba y mis pasos siempre me llevaban a él.

*

*

Otros instantes, otros momentos, que los dejo para contarlos en la próxima cuando los parques, los perros, el gran descubrimiento de un lugar que me apasionaba en aquellas instancias, ahí estaba frente a mí, como si lo hubieran traído de la lontananza para depositarlo a mis pies.

CONTINUARÁ…

MÉXICO

ABRIL 2024

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14 comentarios en “CIUDAD DE MÉXICO: DESANDANDO EL PRINCIPIO

  1. Ay ay ayyyy Themis! O sea que lo que eran tus rumbos, son los míos! ¡En una de esas nos encontrábamos! Me hizo gracia el comentario de «ancianita» o «viejita contemplativa».

    Maravillosas las fotos, como siempre. A mí me entra una nostalgia tremenda aún viviendo aquí, al ver los cambios. ¡Eres muy valiente!

    Un abrazo extra y especial Themis 🌹☺️🤗

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    1. Hola Maty, quién iba a decir, que andábamos por la misma colonia, bello espacio, la Roma, la Condesa, durante 20 años fueron mis rumbos, luego ya dejé la ciudad atrás. Claro siempre la visito, antes me quedaba tiempo en ella, ahora menos, la contaminación es un problema.
      Te mando otro abrazo inmenso y me alegra mucho que conozcas esos lugares.

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    1. Mira, quién iba a decir, que la Cibeles está en nuestras vidas. Me alegrra que te hayas sentido así en el recorrido. Seguirá, quién sabe por qué fue un viaje de recapitulación para luego soltar. La vida me fue poniendo las cosas delante. Abrazo grande y gracias

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