UN VIVERO Y UN PANTEÓN (1)

ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Parecen muy diferentes, como si fueran los extremos de una concepción, uno muestra la savia y el otro lo inerte, supuestamente.

Se me cruzaron en el camino, juntos, uno frente al otro, la carretera los separaba, un acto simbólico tenía delante, por algo se presentaba, como si me estuviera mostrando que muchas veces lo que suponemos nada tiene que ver con lo que es, sin embargo, no es así, tiene mucho que ver, guarda la esencia de la existencia que se expande a otro plano y se presenta como enseñanza.

-¿Y eso que tiene que ver?- vuelve a preguntar la voz de adentro esa que es cuestionadora y ¡qué difícil! es de acallar cuando encuentra una veta para inquirir – ¿Puede ser casualidad?

Casualidad o causalidad, tan parecidas y solo una letra las cambia, más allá no importa cuando nos encontramos en el medio de entrambas.

La carretera ese camino del medio, a un lado la Vida y del otro la Muerte.

Ambos lugares se encuentran a la salida del pueblo, donde a partir de ese punto el monte se hace eco de crecer libre y señorial mostrando un sin fin de cactus que se elevan al Cielo, como antenas receptoras y emisoras de los diferentes eventos que se desencadenan y ellos también fueron plantados en medio, entre el Cielo y la Tierra.

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Un poco como nosotros, los humanos, con la salvedad que ellos no se desplazan con la rapidez con que lo hacemos, tal vez, si lo hacen serán unos centímetros por año, donde de repente se acercan a darle fuerza a alguno de sus pares que lo necesita o a través de sus raíces, con otra forma que desconocemos.

En ellos no existe la prisa, tienen todo el tiempo del mundo para transformarse y ser uno con el Universo, la cuestión es aprenderse, saberse, conocerse, ir tomando diferentes facetas con el paso del tiempo, los cambios y lo que el medio que me rodea me está pidiendo, al igual que las circunstancias en las que estoy inmerso.

No viven en lo que fueron, no les importa si tuvieron grandes hojas que ahora cambiaron por espinas, si tuvieron que sellar su envoltura para que el vapor de agua no se perdiera.

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Sin embargo, tienen otro gran avance en su desarrollo y en su conocimiento del ser en la tierra, las vibraciones sensibles que emiten, esos sonidos ultrasónicos que hablan de lo qué está pasando, esa forma de comunicación que han desarrollado, humanamente casi imperceptible e indescifrable.

Ahí habita lo longevo, eso que dura y perdura por cientos de años, la búsqueda del humano, larga vida, resiliencia, adaptación, que son algunas de sus características fundamentales, al igual que el ahorro, la administración de los recursos, la solidaridad, ese encuentro con el permanecer más allá de los avatares a los que se ven y se vieron expuestos.

La lucha por la sobrevivencia que parte del conocimiento.

Caminábamos por la carretera reseca, el aire estaba repleto de tierra casi invisible, sin embargo el sabor en la boca la delataba,  el sol de frente en busca de su ocaso, lanzaba unos rayos intensos que quemaban los ojos y obnubilaban la mirada, cercándola con un halo de luces centellantes. Lastimaba.

¡Al fin!, ahí estaba, el vivero, «El Pedregal», que sin lugar a dudas llevaba el nombre del espacio en donde se encontraba, piedras y tierra, un carrascal, más allá que  desde su entrada, la vida florecía, y aunque con muchas espinas se desplegaba, era la dueña absoluta de la mayoría de lo que ahí se encontraba.

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Entrar en él, fue un remanso, la sombra luminosa nos envolvió y los ojos descansaron, para poder admirar lo que frente a ellos se desplegaba.

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Un sin fin de cactus, todos nacidos de semillas que se van a recolectar al monte cuando es su época y a partir de ellas dar crecimiento a un nuevo ejemplar, de esa manera se expanden y no se saquea el desierto para la venta de esos seres que por siglos luchan por permanecer.

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Fui recorriéndolo, mirando todas esas plantas que se mostraban, y juntas creaban un clima de frescura, de vida, de certitud.

Los cactus esos amantes de la luz, del sol, que se exponen en su total magnitud, esperándolo día tras día, mostrándole su fortaleza y lucha por resistir y acomodarse a las inclemencias, a la falta de agua y a lo quemante de su llama, sin embargo es el amor a la permanencia lo que los sostiene y la hermandad en que se encuentran.

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Un acuerdo entre la noche y el día, entre la luz de ese Hermano Ardiente y esa obscuridad punteada de la Hermana Plateada con ello han logrado su permanencia.

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En el día encerrados en sí mismos, dejan que la luz los bañe y cumpla ese ciclo que ha empezado en la noche donde almacenaron todo el dióxido de carbono que pudieron y soltaron el oxígeno, pues lo van a necesitar para cumplir la fotosíntesis.

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Aprendieron que la noche por más cálida que esté siempre es más fresca que el día, por lo tanto abren sus pequeñas aberturas, es un momento para ganar agua de ese vapor que se encuentra en el aire.

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De lo yermo nace la vida que se expande y se glorifica.

Me extasiaba entre los cactus, en su variedad, en sus formas, en sus verdes que varían de uno a otro, es sus espinas, en sus flores que muy tímidamente brotan.

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*

Estar rodeada de tantos de ellos, escuchando a la dueña del espacio, que contaba con tanto amor cómo hay que esperar años para que crezcan unos centímetros, maestros de la paciencia, de esa cualidad que todos hemos de desarrollar, el tiempo no existe para ellos, esa creación del hombre con el que todo controla.

*

*

Caminaba, los miraba, buscaba uno para llevarlo, ese que me llamara, ese sería el adecuado y ahí sin más, de repente, una rosa del desierto que tiene ese tallo panzón, que se parece a un sotolín, me hizo detenerme frente a ella y sin dudarlo supe que era la elegida.

Me decía que nació de una semilla, que ya tiene muchos años, cuando es su época, no ahora en invierno, florece muchas veces, sus flores son rojas con un borde aún más fuerte, le gusta tanto hacerlo que cuando se aclimata al espacio y está contenta no deja que una flor se marchite sin soltar la otra.

*

*

Así, antes de irnos nos mostró su espacio donde hace pomadas y medicinas todas con lo que el desierto regala para la sanación y lo que no podía faltar un licor de garambullo hecho con mezcal, que me dio a probar y en unos momentos el mundo cambió, me hizo flotar.

CONTINUARÁ…

MÉXICO

ENERO 2024

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12 comentarios en “UN VIVERO Y UN PANTEÓN (1)

  1. ¡Qué maravilla Themis! A la que nos tienes acostumbrados. Es verdad, opuestas la vida y la muerte? Tan naturales la una como la otra, van de la mano. Son un dúo, inseparables inequívocamente.

    Tus fotos! Lindas! Esos cactus, y todo! La magia que le imprimes a la vida que miran tus ojos.

    Te mando un grannnnn abrazo!

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    1. Sí Maty, las grandes regidoras de nuestra existencia, juntas caminan y si nos dejamos nos guían y nos muestran, te mando un super abrazo acompañado de una deliciosa tacita del aromático que nunca se desprecia. Gracias por estar

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  2. Desconozco bastante los cactus, pero sin duda el monte, la naturaleza, es un libro abierto donde podemos aprender de todo; me hiciste recordar a mi padre que así me lo explicaba, él me decía que la mejor biblioteca es la naturaleza, él así me lo explicaba, con las hormigas, los ratones en el molino, las cucarachas… y un sin fin de plantas… Pero nos estamos apartando de la naturaleza, y así nos va.

    Gracias por traernos tantas enseñanzas, Themis. Es un placer leerte. Mi abrazo fuerte.

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    1. Muy sabio tu padre, sin lugar a dudas que así es, solo se necesita observar, para ir aprendiendo de todos esos pequeños y grandes maestros que en ella se encuentran y que nos muestran el camino de la vida. Gracias Julie por tus palabras, abrazo inmenso

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  3. Hola Themis, qué bonitas imágenes, cuánto cactus, tuvo que ser mágico, tal como narras, el encontrarte rodeada de tantos, así como las historias de la dueña del lugar. Curioso, muy curioso.

    Un abrazo. 🙂

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