LA CORRETIZA
Se acercaba la Navidad y había llegado la hora de ir a encargar un sabrosísimo pastelito de los que hacen aquí en el pueblo, donde son unas artistas no solo en la forma en que los presentan sino en el sabor que les dan, ese bizcochuelo esponjoso, esos rellenos con crema y nueces.
Siempre me ha llamado la atención la cantidad de panaderías y pastelerías que hay en la región, sobre todo en Tehuacán, que no se camina una cuadra sin encontrar una y que si por casualidad se va en el Día de la Madre o en otra fiesta, hay que ver la filas formadas en las veredas, que como suelen ser muy angostas no dejan lugar para pasar, pequeños coágulos que entorpecen el tránsito peatonal.
Sin lugar a dudas, la diabetes prolifera y son pocos quienes no la padecen, sin embargo, eso no preocupa mucho, un rato tal vez, para luego cansarse de tanto impedimento, más cuando se trata de pueblos muy fiesteros en donde hay veces que cada fin de semana se está invitado a una «pachanga» y no se puede decir que no a todo lo que se sirve y más aún al baile y al regocijo de encontrarse con la familia y con los compadres, comadres y los amigos.
Aquí, lugar pequeñito las reposteras están en sus casas, pues cada tanto vienen a capacitar para enseñar este arte y se aprovecha a formarse en él, por eso hay muchas, muy buenas.
Pero no era de ello que iba a contarles, sino de lo que me encontré después de salir de hacer el encargo, un mini pastel que hacen, que no promuevue la tentación y alcanza para disfrutarlo, cuando es poca la concurrencia, no para entrar en la gula, nada mejor en esta vida que la moderación pues no prohíbe nada, solo impide pasarse de la raya.
Llegaba a la esquina para dar la vuelta y tomar la calle de regreso cuando con mucha prisa, sin detenimiento como si viniera huyendo, pasa frente a mí el Burrito Pulquero, ese encargado de cada mañana bajar la montaña trayendo a esa bebida de los dioses, para disfrutar de él en la pulquería.
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Me detuve en seco, cuando siento unos cascos que suenan tras él.
Un caballo montado por una niña y corriendo un poco más adelante venía una mujer, agarraba las riendas, miraba hacia atrás para ver que la pequeña fuera bien sujeta y no se soltara, tratando de dar alcance a ese travieso cuatro patas que ya quería soltar la carga o solo jugarles una broma para darle color a la mañana.
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De repente se detienen, se agacha a atarse la bota que traía desamarrada, un instante, para seguir luego apresurada tras el otro que ya se iba lejos. Sujetó con fuerzas las amarras y al galope se fue tras él.
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¡Al fin! lo alcanzaron y en fila india prosiguieron la marcha.
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Mas el juguetón animalito no paraba sus chistecitos, empezó a andar por la calle como haciendo eses, como si fuera un borrachito que la bebida espirituosa se le hubiera subido a la cabeza.
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¡Hermosa escena!, que saca una gran sonrisa y hace ver la vida de otra manera, sentir que por aquí el tiempo no pasa tan de prisa como en otros lados, sino que aún guarda en él la delicia de otra época, de ese México profundo que cada día se trata de que desaparezca, pues muchas veces se le une y se le ve como una imagen de pobreza, retraso y por qué no de ignorancia también, por todos aquellos que desde atrás de un escritorio en las ciudades corren a la vida a ver si la alcanzan, como el burrito, no el pulquero, que hasta juega, sino el que va detrás de la zanahoria que le ponen, sin darse cuenta que siempre se les adelanta.
MÉXICO
DICIEMBRE 2023
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Precioso artículo y fotos. El pueblo, las tradiciones, el burrito… ¡¡Me ha encantado!! Abrazo
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Gracias Amaia, es muy simpático verlo corretear, abrazo grande
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