CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LAS DÁDIVAS DE LA VIDA

LOS REGALOS IMPENSADOS

La huerta sigue en auge en este patio sorprendente en donde a pesar de estar en un desierto con un julio del 2023 que hasta ahora ha sido el más caliente de la historia del Planeta, por lo menos desde que empezaron los registros, allá por el 1880, continúa dando grandes desconciertos, pues no se espera que de tan poquita tierra nazcan todos los elementos que brotan de ella.

Todo comenzó un día con otra enredadera que fue subiendo camino al cielo, pues eso sí se ve que sobre el piso «encementado», que es lo mismo que estar sobre leños ardientes no es buena opción para que nada crezca, entonces casi todas las plantas se han vuelto a mirar lo alto y hacia ahí van, sube y sube como si quisieran alcanzar al Hermano Sol o mirar más de cerca los cielos estrellados.

Como tienen doble opción estirarse por el suelo, recorriéndolo a su voluntad o alzarse camino al firmamento, desde que una descubrió esa posibilidad de alzar vuelo, ahí las otras la fueron siguiendo. 

*

*

Ahí, no se puede decir que pelean pues no es cierto parecería que todas han logrado llegar a un consenso, en donde se van turnando para ver quién florece y si es posible va regalando sus frutos o su perfume.

Así todas juntas enrollándose entre ellas, lograron sostenerse y de esa manera todas subsistieron.

Está, el chayote que ya ha dado muchos frutos.

*

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La otra con sus florecillas pequeñitas en forma de mini estrellas que suelta un aroma delicado, muy etéreo cuando le toca el momento de su florecimiento. 

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Antes crecía en el piso, por él se extendía pero un día, sin dar aviso cuando habían llegado las hormigas arrieras y se comieron tres veces todos sus retoños que estaban saliendo, decidió empezar a crecer hacia lo alto y abandonó el brotar en la parte más antigua de su tallo.

También había crecido un frijol, el primero en hacerlo y extenderse, el cual se hizo tan exhuberante que dentro de él cuando hacia mucho calor se refugiaba Coquita, la tortolita y lo recorría como si fuera un laberinto.

*

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Allá arriba lejos bien lejos a parte de ese suelo que cada día calentaba más, logró su mantenimiento y cuando ya se sintió fuerte y confiada nuevamente, lanzó a la mirada sus florecillas encantadas.

Y un día sucedió qué sin esperarse pues nada decía que de ahí podía nacer, otra surgió de esas trepadoras o rastreras dependiendo un poco de la forma que les quede mejor crecer, surgió un filamento delgado que empezó a buscar la luz, creció, creció, se mezcló con los que ahí había y de él aparecieron unas florecillas amarillas, era un melón.

Si un «melonero» que en un instante mostró con orgullo a sus frutos colgantes, que con el peso fueron bajando.

*

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Sin embargo, salvo los primeros que fueron pequeñitos, regalaron unos minis trocitos para saborear su dulzor, pues los tomaron en sus fauces todos esos insectos que pululan por el patio y que andan en busca de qué alimentarse y se les hizo muy fácil en la noche atacarlos, no lo devoraron todos, dejaron un poquito para probarlos, así se pudo saber el deleite que traían con ellos.

No se detuvieron, ellos están para nutrir a los que lo necesiten, así que siguieron sacando nuevos.

Hasta que casi, cuando ya estaban listos para ser cosechados otros que casi rozaban el suelo, ni cortos ni perezosos sobre ellos se lanzaron y así quedaron, huecos por dentro y como regalo dejaron una carita sorprendida dibujada, eso sí hay que tener mucha imaginación o detenerse un momento a observarla para que se nos presente.

*

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Aún queda uno, hay que esperar sin perder la esperanza que como está en lo alto colgado, no lo descubran y tal vez se vuelva un presente para ser deleitado, más allá no hay que esperar nada, pues si no la frustración se puede hacer cargo y para qué  llamarla.

Sí, las sorpresas no se acaban, en ese mini cajoncito que se volvió el reservorio de las enredaderas floreales y fruteras.

Otro día aconteció que  otro filamento  con unas minis hojitas de un verde que relucía al lado de un tallo que luego se fue tiñendo de violeta obscuro, a medida que crecía, tímidamente asomó buscando la luz, se irguió muy elegantemente muy fresca y radiante al sentir a ese gran astro que le regalaba tanta luz, después de haber yacido en esa obscuridad total, donde con mucha paciencia se preparó para ese resurgir desde la semilla.

Rompió la membrana embrional en la cual estaba envuelta, la que la había nutrido mientras se desarrollaba y se disponía a sacar a la luz la vida completa que en ella estaba guardada y así curiosa y esbelta, luchando entre los terrones que la habían resguardado, salió a mirar al gran círculo dorado y con esa acción plasmó una gran alegría.

Algo nuevo había nacido, eso sí, ¿qué sería?. Un gran enigma también escondía con ella que llamó a la curiosidad.

Todos la mirábamos para ver si a medida que progresaba iba mostrando señales de lo que de ella nacería, en un momento alguien dijo:

-Puede ser un maracuyá, pero, ¿cómo llegó acá?. Enigma que aún no se ha resuelto.

Cuando escuché lo que podía ser algo se revoloteó dentro mío y la palabra, ¡un Mburucuyá!, surgió e inmediatamente me llevó a mi niñez cuando la descubrí por primera vez a esa flor soñadora que regala a la Vida la belleza misma.

Y sí acertó, es un Maracuyá conocido así en México, más allá que ese nombre viene desde Brasil, pues el verdadero es Mburucuyá, pues según dicen algunos, desde el sur de «las Américas» se fue extendiendo por todo el continente, y así fue nombrada por los guaraníes en el Paraguay, como «la que atrae insectos».

También es conocida como pasionaria o «flor de la pasión» o passiflora su nombre científico.

Tiene un hechizo sobre los insectos, por el dulce que guarda en sus entrañas, secreta un líquido azucarado que los atrae, en ese centro que con tanta majestuosidad presenta sabiéndose reina indiscutible en su medio, que se la disputan, van y vienen como embriagados por sus efectos, los moscardones, las hormigas y no decir los abejorros, también llamados en el sur «mangangá», que se vuelven los dueños indiscutibles de ellas y encargados de su polinización, pues resulta que tienen un polen muy pesado y no cualquiera puede trasladarlo, de ahí que son los más fuertes los encargados.

Eso sí entre todos se la disputan y la defienden de otros como ellos, es adictiva para todos, cual «drogadictos», revolotean sobre sus pétalos, sin decidirse a dejarla, a esa amada que los consiente y les da lo mejor de su alma.

Por uno de ellos fue que descubrí a una flor que había brotado en la enredadera, ahí estaba en el patio como siempre curioseando a ver qué otras cosas habían acontecido, que muchas veces quedan escondidas.

Mientras hervía el agua para preparar el elixir negro, de repente siento ese zumbido característico de los mangangás o abejorros negros, esos grandotes, fuertes y medio peludos, cuando baten sus alas, ese sonido enérgico y dilatado que a veces puede producir miedo a quienes no lo conocen, más allá que parecería que advirtieran que ahí van para que se salgan de su ruta.

*

*

Me trajo de inmediato a mi memoria,  la «Canción del Mangangá amarillo» esa de mi otro terruño ese que está allá en el sur, el Uruguay, cantada por Los Olimareños, es que la flor del Mburucuyá era una de mis pasiones también de niña, me había hechizado y no se diga su fruto. Un pedacito del sur, había llegado al patio.

Ahí andaba uno de ellos encantado, quería desprenderse volaba un poquito para alejarse y se daba media vuelta y regresaba, la vi a ella hermosa y deleitada rodeada de hojas que no la dejaban desplegarse a mi visión con toda su pasión.

Eso sí no era la primera, pues más arriba ya crecían varios frutos que habían pasado desapercibidos para mis ojos, pero esto se los dejo para la próxima vuelta…..

CONTINUARÁ…

MÉXICO

Junio, Julio, Agosto 2023

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8 comentarios en “CRÓNICAS DESDE EL PATIO: LAS DÁDIVAS DE LA VIDA

    1. Gracias Nuria, es lo que inspira este bello patio, con toda esa vida que se recrea en él y que va cambiando a lo largo del tiempo y parece que se repitieran las escenas y sin embargo, son muy diferentes, te abren a otro camino de la contemplación de ellas, Abrazo grande

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  1. Que paisaje tan complejo y hermoso se despliega en el pequeño patio. parece que basta con dejar a la naturaleza que sea el jardinero, aunque los melones paguen su sueldo. Acá, si bien algunos pocos frutos llegaron a adultos. Otros considerados casi de imposible reproducción, como el acebo, proliferan por todos los rincones. Cada lugar tiene su propio misterio. Un abrazo.

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    1. Así es, solita la Naturaleza se va ubicando y creando su propio paraje, gran misterio, al igual que todos los animalitos que pasan con sus colores o mimetizándose con el alrededor. Bien dices que cada lugar guarda su misterio y eso es lo más hermoso. Abrazo grande y gracias

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    1. Gracias Maty, es un patio lleno de sorpresas, se acaba una y viene otra, como esas plantas que crecen que muchas veces no sé lo que son, hasta que empiezan a largar el fruto. Ahora hay muchos chayotes colgando, donde la ardilla feliz se recrea comiéndolos. Abrazo grandote

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  2. Hola Themis, madre mía la de cosas que hay en tu patio, ¿no? Jeje, dan ganas de irse a vivir a él, bonitas palabras y bonitas imágenes. La palabra Mburucuyá me ha parecido súper original, ya he leído que es el maracuyá, también he leído tu otro artículo. Y los melones, a ver si no descubren el que está más en lo alto porque sino…, ni uno.
    Un abrazo. 🙂

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    1. Es un patio pequeño y da muchas sorpresas, sobre todo de esa huerta que nace en un área de 15 cms por 30, pues todo lo demás está encementado y luego se expande a un cajoncito y todos los recobecos en la pared donde en alguna grieta crece algo, dos macetas y la abundancia del desierto que sabe aprovechar la poca agua que le llega.
      Solo un pequeño pedacito dejaron que se saboreara de esos melones colgantes, en cambio el maracuyá no solo regaló flores, sino además muchos frutos. Abrazo bien grandote y gracias

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