LA CRUZ DEL NATUCHO: LA COMIDA Y EL REGRESO (4)

EL CONVIVIO

Los fogones improvisados estaban en un gran ajetreo, los últimos detalles se estaban concluyendo.

Maguito abrió la olla donde los tamalitos de frijol, estaban ya listos para ser saboreados, su aroma deleitaba al olfato y hacia que las papilas gustativas comenzaran a  prepararse para paladearlos.

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Mientras Doña Margarita, la que había molido los más de treinta elementos que componen a esa pasta que se va a ir armando y luego será diluida en caldo y así a la vieja usanza, nacerá el mole, lo daba vuelta en la gran olla de barro con un palo de madera para que no se pegara, sus últimos movimientos para comenzar a servir a esa salsa obscura con carne de chivo.

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El padre terminó la bendición de la cruz y fue de regreso abajo del toldo en donde se sentó en la única mesa que había, se le sirvió la comida, para luego empezar a hacerlo con todos los allí presentes.

Fueron acercándose para recibir el plato con el «molito», el arroz rojo y los tamalitos, mientras otro grupo de mujeres se dedicaban a repartir las tortillas y servir los refrescos.

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Los hombres se encargaban del pulque la bebida prehispánica espirituosa, ese líquido blanquecino que se extrae del agave o maguey, considerado el elixir de los dioses, dicen que estimula el tránsito de la muerte a la resurrección, ya que primero provoca una sensación de sueño y detrás se puede despertar en un «renacimiento».

Cada quien acomodado como podía, bajo la sombra que había encontrado, con su plato y sus tortillas se deleitaba con esos sabores ¡tan mexicanos! que nadie los puede resistir ni comparar.

El calor estaba en su máximo apogeo, en el pico más alto del día, a lo lejos se veía como la luz que incidía producía una gran claridad que por momentos enceguecía.

Así en una gran paz que se extendía por ese salón natural de eventos, en esa cúspide, tan cercanito al Cielo, en comunión con ese misterio que trascendió desde siglos, que guarda en si mismo la muerte y el renacimiento, unidos por ese sentir, compartíamos el alimento en el desierto.

Unos terminábamos y nos preparábamos para irnos, mientras otros recién llegaban, sobre todo aquellos que tenían niños y que tuvieron que esperar a que salieran de la escuela.

Después de despedirnos, de agradecer, de contemplar a la cruz hermosamente adornada que resplandecía y los banderines que alocadamente danzaban con el pueblo a sus pies, que desde las alturas se veía pequeño, unas cuadras a lo ancho y a lo largo es su extensión, fuimos dejando el lugar.

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Tomamos el pequeño senderito que se abría, siguiendo a aquellos que se habían adelantado en una fila india, para desembocar en una explanada mayor.

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Al llegar a la altura de montículo que habíamos visto a la subida nos desviamos para ir hasta él y ver con qué nos encontrábamos, algunos elementos de alguna construcción prehispánica que por allí anduviera que mostrara algo hacia arriba, pues hacia abajo había que excavarla.

Nos despedimos de aquellos que nos acompañaban y seguimos por el senderito aún más pequeño que nos esperaba.

Gran fue la sorpresa, para nada hecha por los «abuelitos», sino creada por manos más actuales, en homenaje con seguridad a algún amor que dentro del pecho latía, un gran corazón con pequeñas piedras había sido construido o tal vez para que fuera divisado desde el Cielo y con él saludarlo.

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Seguimos el camino, un arco de los árboles verdes que en un momento se visten con sus flores de amarillo, esos que desafían el estereotipo de la concepción  humana de que los troncos en ellos han de ser café sin importar en donde estén plantados y de esa manera generalizan muy cuestionable concepto y lo siguen enseñando a las generaciones nuevas, claro que en su defensa y terquedad podrán decir, que es la excepción que confirma la regla, sin embargo, el desierto riega muchas anomalías en él,  pues aquí muy cerquita los hay con ellos rojos y hasta morados.

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Ahí adelante detrás de unos cactus que hacen de centinelas, aparecen los montículos de piedras que dan cuenta que abajo sigue una obra de los ancestros, tal vez algún pequeño centro ceremonial. Se solicita el permiso correspondiente a los custodios para entrar, para recorrerlo.

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Subir el montículo, llegar a la cúspide más alta del mismo, donde abajo quién sabe qué se podrá encontrar, más allá que por estos rumbos no fueron de edificar grandes estructuras, por lo menos que se vean.

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Una biznaga florecida muestra la belleza y delicadeza de sus flores de ese amarillo luminoso, con su centro etéreo y frágil que contradice a su corteza llena de grandes espinas y una capa muy gruesa, defensa contra las inclemencias, sin embargo en su corazón guarda esos detalles hermosos que nacen cuando se siente protegida.

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Ya de regreso, en busca del camino que había que seguir para bajar, un viejo sotolín, de esos bien longevos, que quién sabe cuántos años guarda en si mismo, cuántas historias ha de conocer, cuántos seres diferentes ha visto pasar a lo largo del tiempo.

Panzudo, como un Buda del desierto, que se antoja acercarse a rascarle la pancita y que regale un poco de esas energías cósmicas que suelta a quien se las pide, nos despide.

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El camino sigue, aún queda un largo tramo que recorrer, todo está seco, reseco, gris, pide agua, pide ser bendecido desde las alturas, aunque en si mismo resiste, sabe como economizar las energías para no desaparecer, parece seco a la vista sin embargo unas gotas que caigan lo hará reverdecer.

Nos cruzamos con una niña que va al convivió en busca de su abuelita que está allá arriba, recién ha salido de la escuela.

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Detrás de ella siguen otros convidados, también retrasados por el mismo motivo, sin embargo no quieren dejar de acompañar el momento, ir a saludar a la Cruz del Natucho que hoy celebra años de estar arriba del pueblo protegiéndolo y bendiciéndolo.

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De repente, una puerta de hierro se presenta delante, con sus cactus a su lado, señala la entrada a un sendero que lleva a la casa de alguien que habita en las alturas, un detalle muy humano en ese paisaje natural.  

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Así, dejando atrás el trayecto más escarpado, seguimos el descenso rumbo al pueblo, con el corazón contento, habiendo pasado la mañana muy arriba en el cerro, rodeados de ese mundo de montañas y cactus que se extendía, agradeciendo a Dios su creación y las maravillas que ella guarda.

A la llegada al pueblo, al atravesar su plaza seguían los preparativos para esa gran feria, la de las tetechas, la flor del gigante, centinela de la eternidad.

MÉXICO

18 DE MAYO 2023

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16 comentarios en “LA CRUZ DEL NATUCHO: LA COMIDA Y EL REGRESO (4)

    1. Me alegra que te haya gustado, estuvo bien bonito todo, da gusto estar en el monte y más en una ceremonia de esa naturaleza. La comida mexicana a veces es un poco difícil de saborear pues hay que hacerse al paladar y en si es picosa, pero una vez que te acostumbras es un deleite. Abrazo grande y gracias

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  1. Hola Themis, qué curioso tu escrito, me quedo con ganas de probar el pulque y las palabras que has puesto refiriéndose a la reja «muy humanas» me ha hecho gracia, qué manía tenemos los humanos de ponerle puertas al monte, pero también es comprensible ya que hay humanos y humanos, gente que si no se les pone puertas arramblan con todo y gente que respeta aunque no haya puerta. Bonitas también las fotos.
    Un abrazo. 🙂

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  2. Hermoso recorrido, sintiendo la dureza y la sequedad del camino, pero admirando a la vez su belleza. La comida, las ceremonias, la gente que lo habita. Gracias por hacernos partícipes, pues leyéndote, me siento en el lugar compartiendo el momento. Gracias, Themis, mi abrazo y cariño.

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