LA CRUZ DEL NATUCHO: EL ASCENSO (2)

«Si alguno quiere venir en pos de mí,

niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día,

y sígame.»

 LUCAS 9.23

Tomamos el sendero que nos habían indicado, luego agarramos esa brecha que habían abierto para crear un atajo por donde llegar más directo a la cima y sin tantos obstáculos, por otro lado, hasta los pies de la subida hay camino amplio para que pudieran llegar autos, ya que habían tenido que subir todo lo necesario para emprender la ceremonia y la comida.

Las ollas con todos sus elementos, los toldos para hacer un poco de sombra mientras se terminaba de cocinar y se calentaba los alimentos, las bebidas, las tortillas, los utensilios,  las mesas para que se oficiara la misa, el agua que se iba a necesitar, todo un esfuerzo para darle ese realce especial que tenía este evento, tan cercanito al cielo, con su pueblo debajo como testigo de ese encuentro.

Tomamos el pequeño sendero, un bello sotolín fue el recibimiento, esa presencia profunda con sus cientos de años que almacena el agua en ese tronco esponjoso y de esa manera ha resuelto las crisis hídricas que marcan a este desierto.

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Su corteza gris, seca y polvorienta, con surcos negros que la resaltan y le dan un  bello «pelaje» que protege a ese espíritu que anida dentro, generosamente húmedo , con un gran peso debido a todo ese líquido que bulle en sus entrañas.

Ese ser bonachón, que desde siglos observa todo lo que acontece en estas tierras yermas, deshabitadas en apariencia.

El Hermano Sol, a cada paso mostraba que se estaba más cercano a él y que en esos terrenos era muy difícil encontrar una sombra para resguardarse aunque fuera por unos momentos.

Subíamos y subíamos, allá abajo se encontraban esos otros cerros, esa hondonada que nos iba mostrando la altura  que alcanzábamos.

Un paisaje embelesante se revelaba, se extendía bajo nuestra mirada, allá a lo lejos una casa resaltaba en esa vegetación homogénea, lánguida, gris acafetada, rodeada de piedras, que reclamaba por clemencia un poco de agua, esa bendición, ¡tan esperada!.

*

*

A lo lejos un grupo de sotolines observaban nuestro ascenso, algunos de ellos con esa nostalgia que guarda la mirada de los abuelos, ellos que supieron ser unos críos cuando Hernán Cortés piso estas tierras.

Se mostraban elegantes, erguidos, fuertes, regalando la energía a todo aquel que se les acercara y se la pidiera, para no desfallecer en esta crudeza que tiene la vida que en estos parajes se presenta.

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A medida que se trepaba, aparecían más cactáceas creciendo a sus anchas, reunidas en sus colonias, para poder juntas resistir en este clima inclemente, en la hostilidad de estas tierras, que sin lugar a dudas muestran los extremos, la carencia y la soledad por un lado y por otro, la abundancia y lo poblado de vida de sus tierras.

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A lo lejos se veía un montículo, de esos que se elevan apenas unos metros sobre el terreno despejado, muestra y delata en una parte, que ahí puede haber algún vestigios de alguna construcción prehispánica que sobre y bajo él yazga.

De regreso pasaríamos por él, iríamos a ver qué era lo que encontrábamos, ese espíritu curioso, investigador, explorador siempre dispuesto a hurgar y encontrar aquello que se quiera mostrar.

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Los sotolines no dejaban de aparecer, estaban por todas partes, nos rodeaban, algunos juntos como queriendo en un futuro crear su bosque, como ya lo hacen en otras partes, ya que son los dueños endémicos de esta región, junto a los cactus columnares y muchas otras cactáceas.

Otros solos sin semejante a su lado.

Cuando de repente, sin esperarlo a lo lejos se vio ese toldo azul que resaltaba, que mostraba en su forma y su material que era una creación humana, habíamos llegado, un poco más y ahí estaríamos.

La cruz aun no se veía, quería descubrirla, tenerla cerca, tantas veces la había observado desde abajo, sin ni siquiera imaginarme que un día estaría junto a ella, en su festejo por su momento, evocando su misterio, con todos los congregados a ese evento especial.

Ahí sin más, muy adornada,  con sus banderines que revoloteaban danzando con la brisa, que a esas alturas refrescaba al ser entero, una gracia de recibimiento, se elevaba y bajo ella se extendía el pueblo.

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Dando la vuelta nada más, ahí se encontraba la congregación, juntándose para recibir la bendición del momento bajo la toldería o con sus sombrillas cobijándose de lo ardiente.

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Unos pasos más, saludar y buscar un lugarcito donde reposar, mientras se esperaba la llegada del padre que iba a oficiar la misa y mientras en la calma, en un estar apaciguado, se convivía.

CONTINUARÁ…..

MÉXICO

MAYO 18, 2023

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