EL EQUINOCCIO DE PRIMAVERA: EL DESCENSO AL CAUCE (3)

EL ENTRETEJIDO

Luego de caminar por largo tiempo aunque el terreno al ser llano sin subidas empinadas, ni bajadas abruptas, era menos esforzado, pedía solamente ir con los ojos bien atentos para mirar en donde se pisaba, pues la cantidad de «piedras boludas» sueltas podían ocasionar la caída.

Era un deslizarse serpenteando, en una cadencia lenta y armónica que hacía que el cuerpo se sincronizara, la mente olvidara su pensamiento y solo se volcara a ese ritmo que la iba llevando.

Bajamos, bajamos en ese camino culebreado hasta desembocar en el cauce seco, como si se hubiera ido entretejiendo el capullo, en donde aguardaba la transformación.

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Se dejaba la luz estridente y la pared frente se ensombrecía .

Se notaban claramente las dos márgenes del río, sus paredes altas que no permitían que el Hermano Sol volcara sus rayos en la totalidad de la cañada.

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A medida que se caminaba por él, cada vez más la obscuridad se iba encargando de mostrar la diferencia.

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Clara división había donde su declinar hacía eco de sus sombras y sus luces, esas que en donde se proyectaba se iba haciendo cada vez más cálida y suave.

Ahí la volví a encontrar a ella, reflejada en ese telón de tierra y piedra pintado de amarillo, la embellecía todo su alrededor, le daba un toque mágico.

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Me quedé mirándola, mi corazón se puso contento de verla estampada, vigorosa, fuerte, dueña de la parte que le corresponde en esta simbiosis lumínica-anochecida que conforma a mi ser.

Luces y sombras hacían sus juegos de efectos y mostraban sus distancias.

Arriba la luz de un lado resplandecía.

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Abajo las sombras se sembraban e iban borrando la nitidez de los objetos.

Espectáculo de luz y sombras, tan semejante a las emociones humanas, nos muestran ese mundo interno que emerge por reacciones de momentos, las cuales a veces queremos tapar con un dedo y en otros encumbrarlas como si fuera lo máximo que nos está sucediendo.

La más de las veces un engaño para no contestarnos lo que realmente es o nace y lo tapomos allá adentro. Doloroso sería el hacerlo, para ello usamos las barreras de la represión. Sin embargo, perduran juntos y se reflejan.

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Necesarias sin lugar a dudas para detener muchas emociones hostiles, que harían daño no solo al afuera sino a mi mismo, sin embargo también se retienen prejuicios, falsos conceptos, creencias, miedos, vergüenzas, experiencias negativas y tantas cosas que el ego no acepta, ahí quedan estacionadas siendo necesaria mucha energía para contenerlas, que al fin desgastan o se presentan como dolencias.

El camino iba mostrando esos diques de piedras que se han construido para retener y contener el agua cuando baja y de esa forma lograr que se acumule y guardarla para cuando se necesite.

Unos más modernos erigidos de una manera más sólida y fuerte.

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Otros de mucho antes, más primitivos y rústicos.

Ambos cumplen en mismo efecto sujetar al agua dentro.

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A medida que entraba en el cauce, iba mirando con detenimiento todos esos artilugios que el ser humano había logrado realizar para inmovilizar ese preciado líquido, en una zona que difícil es que el cielo regale la lluvia.

Pozos para darle de beber a los animalitos sobre todo a las chivas, a ese rebaño que les ayuda en su economía familiar.

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Cada vez se iban mostrando las diferentes formas, hasta llegar a ese pozo que aún la retenía, quién sabe desde cuando estaba ahí depositaba, hace mucho tiempo que los cielos no bendicen a esta región con una lluvia copiosa o con sus riadas, donde un  río furioso se desboca, viene corriendo arrastrando piedras, pintado con el color de la tierra y rugiendo y arrasa con aquello que se encuentra. Vuelve a tener su caudal y llena con él todo los rincones, en su carrera loca en busca del mar que lo aguarda y no conoce.

Dentro mostraba el reflejo de ese cielo y esas paredes, altas bien altas. Me detuve un momento, era hermoso el mirarlo, perderse en ese ojo de agua, creación de los humanos.

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El camino seguía, transitarlo por el medio, pues se veían deslaves que venían de las paredes que por la seca caían.

Aparecían cuevas y texturas increíbles en esos muros que merecían respeto con solo pasar a su lado.

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Cada vez obscurecía más, se iba cerrando el espacio, como si el capullo estuviera llegando a su fin.

Así en la paz que cercaba, encerrado en la inmensidad de un estrecho punto, se encontraba la esencia de esa transformación esperada y con ella el renacimiento.

Y un poco antes de llegar a la entrada para volver a subir y llegar a la explanada, un viejo sotolín panzón, no por obeso de grasa, sino receptáculo donde almacena su agua para poder resistir las grandes sequías por años.

Desde arriba parecía que observaba con un estar inmutable, producto de todos los años que ha vivido en el desierto aprendiendo a adaptarse, a no malgastar energías en luchas sin sentido y con ello proyectaba la imagen de la serenidad.

*

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Unos pasos adelante, nada más, comenzaría el ascenso………

CONTINUARÁ…

MÉXICO

MARZO 2023

***

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