EL EQUINOCCIO DE PRIMAVERA: DE REGRESO AL MONTE (2)

CAMINO AL CAUCE DEL RÍO SECO

Era hora de ir al monte a lo profundo de este desierto, por donde muy pocas almas humanas lo transitan, lo que es más, por momentos parece que nadie ha pasado por esos lugares desde hace mucho tiempo, salvo algunos animalitos, pobladores del espacio y dueños absolutos de los parajes.

Nos fuimos temprano en la tarde, mucho antes que el sol se ocultara, rumbo a encontrarnos con el cauce de un río seco que íbamos a recorrer y subir en busca de una explanada para festejar a la Primavera, esa que llegaría el lunes 20 de marzo, en punto de las 15:24 horas, centro de México.

Cuando salimos llevaba poquito tiempo de haber llegado, nuestros pasos fueron hacia las afueras del pueblo, pasamos por ese arco que forman los árboles, dando la bienvenida a la fiesta que se encontraría camino a esos parajes alejados.

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El sol aún estaba alto, poco a poco se iba entrando al descampado, donde cada vez menos casas se veían, aún la terracería marcaba que por ahí llegaban autos, y algún vestigio humano se dejaba ver.

Mi sombra la que siempre me acompaña y con la cual hemos entablado una relación de franca cercanía, aceptándonos una a la otra, a esa silueta que me conforma, que no me deja olvidar de quién soy, de la obscuridad que habita dentro de mí y la única certeza en esta vida, su otro lado de la ribera que me espera.

La saludé, me sorprendió verla tan nítida, marcando su aparición, iba contenta así la sentía, por momentos vibraba por encontrarse estampada por la luz del cielo en la tierra.

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Seguía el camino plano, sin muchos obstáculos, salvo las «piedras boludas» esas que siempre hay que tener en cuenta y no desconocerlas, que no nos lleven en un mal paso al suelo.

Los cactus desplegándose en las alturas, hacían ostentación para que viera cómo podían alcanzar al cielo, con paciencia mucha paciencia, perseverancia y adaptación para todos los tiempos que surgieran, buscando la manera de volverse uno con ellos, aunque tuvieran que cambiar la forma exterior e interior.

De ese modo, podían comunicarse con él, volverse esas antenas de recepción de lo que en ese Cosmos sucede y también de emisión de los cambios en el alrededor.

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Con cada paso era más notorio cómo nos iba envolviendo en una cúpula, donde el azul cerúleo vibraba, gozoso de celebrar a la primavera, al renacimiento de la tierra.

Sonreían con vernos pasar, bajar por el camino llano las pequeñas cuestas que se encontraban, como si se caminara sobre un gusanito de tierra, ese que iba en búsqueda de su metamorfosis y con él nos llevaba.

Se subía y se bajaba por su lomo, para cada vez, meternos más hacia la hondonada.

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Dejábamos atrás a la altura que nos rodeaba, bajábamos, bajábamos, nos sumergíamos.

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Los cactus columnares desde la cumbre nos miraban, al igual que las biznagas, esa flora tan especial que se encuentra en este desierto, donde la vida florece a pesar que se crea que solo es yermo, sin embargo guarda en sus entrañas muchas semillas dispuestas a brotar, a regalar detalles a color apenas las lluvias las recuerden y les regalen aunque sea una decenas de gotas de ese maravilloso líquido, con el que desde las alturas las bendicen.

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Esta primavera se había anunciado con un acto inusual, extraño, no esperado, sin embargo agradecido y disfrutado, una tarde calurosa con un cielo despejado, el sol que se desplegaba lanzando sus más hirientes rayos, de repente cuando ya se estaba yendo, las nubes comenzaron a poblar el cielo, se fue apagando, poco a poco la sombra obscura fue tapando todo, a lo lejos se escucharon los truenos, los relámpagos se vieron surcar el cielo y comenzaron a caer, una tras otra, grandes, enormes gotas, ¡era la lluvia!.

Fueron unos días de goteo nada más, sin embargo, el desierto lo agradecía, con eso supo guardar en él todo ese preciado líquido inesperado y ahora su flora lo demostraba, ya no estaban grises sino habían reverdecido para sacar en ellos el color de la esperanza, esa que no hay que perder, pues cuando menos se imagina, surge desde las entrañas y premia por la confianza que en ella se guarda.

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Y así, sube y baje, baje y sube, como si se fuera tejiendo el capullo se llegó a desembocar en la cañada seca, donde se empezaban a ver sus paredes, que crecían en altura y también mostraban la diferencia de iluminación que rodeaba. Se ensombrecía.

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Tomar el cauce, seguir caminando, ya llevábamos un muy buen rato de estarlo haciendo, más allá que en esa dimensión el tiempo reloj se pierde, se está en otro lado donde no existe las inmediateces de las necesidades humanas, sino la fusión con ese infinito creador que nos guarece.

CONTINUARÁ….

MÉXICO

MARZO 2023

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14 comentarios en “EL EQUINOCCIO DE PRIMAVERA: DE REGRESO AL MONTE (2)

  1. Hermosa caminata, la descripción del paisaje muy interesante, Themis. Me ha gustado adentrarme contigo por esos caminos pedregosos, observando tu sombra, la elegancia peligrosa de los cactus columnares… todo lo que rodea el camino de tierra y cielo… Gracias. Mi abrazo y cariño.

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  2. Qué bonitas imágenes y texto, me ha hecho gracia lo de que has entablado una franca amistad con tu sombra… Peter Pan, si te leyera, te envidiaría, jeje.
    Un abrazo desde el otro lado del charco. 😊

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    1. Jaajajaajajajajaja, si y tal vez me llevaría al País de Nunca Jamás, mi personaje favorito de niña, tal vez de ahí me viene esa «obsesión» con la sombra que luego Jung la reafirmó, jajajajajajaaja, abrazo grande Merche y gracias

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  3. Hola Themis, un relato muy agradable acompañado de fotografías interesantes y bellas. Me ha gustado mucho cuando escribes sobre los cactus como «antenas» recibiendo información del cosmos. A mí el desierto y el semidesierto me maravillan por esa capacidad que tienen sus moradores animales y vegetales de sobrevivir en medio de situaciones al parecer adversas pero que para ellos son normales y que al saber aprovechar todos los recursos y la poca agua que les llega, pueden vivir, revivir, florecer y prosperar. Te mando un abrazo.

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