Una tarde de constricción
La tristeza flotaba en el aire, inmensa, enorme, infinita, esa la que no tiene fin, en donde uno se encuentra perdido, hundido en ella como papel estrujado.
Llegó al recuerdo un poema de Neruda, que dice así:
«Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
del cielo se abre como una boca de muerto.
Tiene mi corazón un llanto de princesa
olvidada en el fondo de un palacio desierto.»
A pesar de que el cielo guardaba colores muy pasteles en un fondo índigo, el atardecer estaba en su pleno apogeo salpicado de nubes de algodones.
La tarde estaba melancólica no importaba con qué rubores la hubieran acuarelado.
Con el cambio de horario y la cercanía del invierno que lleva a que los ciclos se hagan más cortos, día con día la obscuridad nos hace amanecer y muy temprano en la tarde se cobija sobre nuestras cabezas, mientras una leve brisa a veces gélida nos va diciendo que nos preparemos para esas jornadas que se acercan. Hay que entrar paso a paso en los misterios del adentro donde se guardan multitud de situaciones no resueltas, otras desconocidas. Hay que vencer al miedo.
Había terminado mi clase de yoga, había entrado en otra frecuencia, no se había retirado el sentir que me absorbía sin embargo estaba tomando otro cauce, la aceptación llegaba paulatina, se aprovechaba a lavar un gran tiempo de muchos de esos sentires acumulados, de duelos, de separaciones, de abandonos, de existencia simple y sencilla, era como si se llegara al final del túnel donde todo se volvía cada día más profundo, más dramático, más pesado, sin embargo era la salida, era el tramo que había que cruzar, como si se estuviera en un pantano de todos esos sentimientos y emociones ahí estancados, había que achicarlos como a la embarcación que hace agua, para despejar y emprender libre el vuelo, sin enojo, sin cargas, sin culpas, sin resentimientos, coronado por el perdón a uno mismo, a todos aquellos que nos agraviaron y dando gracias por la oportunidad del momento.
«Tengo miedo -Y me siento tan cansado y pequeño
que reflejo la tarde sin meditar en ella.
(En mi cabeza enferma no ha de caber un sueño
así como en el cielo no ha cabido una estrella.)»
Me fui a preparar mi café, ese que es tan esperado pues tiene sus horas reservadas para ser bebido y degustado, que con su sola aroma levanta a un muerto de su sepultura.
Ya todas las tortolitas se habían ido, era hora de su dulce descanso, había pasado la Hora Feliz.
«Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
¡No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
abandonada en medio de la tierra infinita!»
De repente veo a Coquita, la tortolita, subida en una de las varillas, quietita, con las plumas esponjadas como si fuera un sobretodo que la cubría, se protegía del frío, me llamó la atención, parecía concentrada mirando la puesta de sol desde lo alto. No era la primera vez que me la había encontrado en esa situación, como abstraída perdida su mirada en lo lejano.
El verla llenó a mi corazón de alegría,
-Coquita, ¿todavía estás aquí?, es muy tarde ya, hace frío.
Dio vuelta su cabecita y me quedó mirando y no fue como todos los días, había otra cosa que reflejaba esos ojos, como si un gran desconsuelo a ella también la abatiera.
Fue tan grata la sorpresa de encontrarla todavía, de sentir que nos acompañábamos, que la sonrisa se explayó por mi cara y le dio un toque de luz al alma.
«Se muere el universo de una calma agonía
sin la fiesta del Sol o el crepúsculo verde.
Agoniza Saturno como una pena mía,
la Tierra es una fruta negra que el cielo muerde.»
¿Será posible que uno pueda estar tan cercano al sentir de un pequeño animalito y él a su vez al de uno?
¿Será acaso que ese sentir de una «saudade» que estremece impregna el ambiente?
¿Será acaso que solo mirando al cielo se logre que esa nostalgia se aleje?
«Y por la vastedad del vacío van ciegas
las nubes de la tarde, como barcas perdidas
que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.
Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.»
*****
«Donde hay ruina, hay esperanza para un tesoro.»
RUMI
MÉXICO
Poesía «Tengo miedo», de Pablo Neruda
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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!


Me alegro que tenga la compañía de Coquita. Muy bonito el relato y las fotos. Llevo un tiempo con poco tiempo para mi blog y leer los correos. Mi esposo sufrió una septicemia y aunque se ha salvado ha empeorado del párkinson y tengo menos tiempo, aunque intento sacar un espacio para mi, Intentaré ponerme al día. Un abrazo y me alegra volver a leerte
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Gracias, que siga todo bien, poco a poco tienes que abrirte un espacio en esta nueva situación, hasta volver al equilibrio todo se da vuelta. Te mando un abrazo grande, que tu esposo se reponga y que te pueda volver a leer. Una linda semana con mucha serenidad y progresos les deseo
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Fusco, lusco durante la hora maldita que confunde la noche con el día.
Matices de gris a contraluz, donde la nada asegura que existe.
Escribiste una entrada muy hermosa Themis.
Un abrazo.
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Gracias Carlos, ese «fusco, lusco», hay veces que se pone que ni describirlo se puede, la congoja se hace cargo y bien dices la nada ahí anda, volviéndose un algo que estremece de tan intensa.
Un abrazo
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Es precioso el poema de Neruda.
La tristeza, el miedo…todo esos sentimientos desagradables son tan parte de la vida como sus opuestos.
Qué bueno que Coquita te haga compañía.
Y si te sirven estas palabritas lejanas, yo un poco también.
Abrazo grande, Themis.
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Gracias Eva, son desagradables en una parte, por otra nos sirven para el crecimiento y la creación, el volcarse para adentro y dejar de desconocer muchas cosas.
Me sirven esas «palabritas lejanas», nace una sonrisa y el corazón agradece pues las recibe. Un abrazo grandote
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Las fotos son perfectas y encajan con el texto divinamente y sobre todo la Coquita con las plumas esponjadas…tristeza, Bueno , es lo que pasa de vez en cuando. Un abrazo.
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Así es, es parte del proceso y de esta vida, en estos tiempos, un abrazo
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