CAMINO AL AMANECER: EL SEÑOR DEL CONSUELO Y EL HERMANO SOL (2)

CANTOS EN LA AURORA

Me sacó una gran sonrisa en esa madrugada que congelaba, ese gato que me iba marcando el camino hacia ese evento celestial que se aproximaba.

Me cedió el lugar en que se encontraba sentado, aguardando parecía mi llegada, para dar un brinco y hacer como una reverencia agachando la cabeza y quedarse unos momentos mirándome, mientras lo saludaba y le hablaba, para luego esfumarse entre las rocas de ese cerrito donde estábamos.

La Iglesia del Calvario se encuentra ahí y el Señor del Consuelo habita en él, siendo el guardián del lugar, regando a su alrededor la misericordia para aquellos que vayan a buscarla. El vive en lo alto, entre el amanecer y el atardecer.

*

*

Era el segundo viernes de la cuaresma y se le iba a ofrendar con los cantos litúrgicos de arrepentimiento, esos que preparan al corazón para el perdón, llevan a la reflexión interior, sumergiéndonos en esa atmósfera precisa para la contrición, purgar las culpas, esas que muchas veces nos atormentan, que andan dando vueltas dentro de nosotros y que no tienen salida, nos hacen sentirnos míseros por acciones de antaño, por la omisión, por la falta de atención, por lo poco hermanos que fuimos con nuestro prójimo, por los malos pensamientos, por los juicios que emitimos, que no nos dejan vivir con plenitud cada instante de este milagro que es la vida. Ellos nos vuelcan a recibir esa expiación,  tan necesaria para sanar.

El cielo empezó a vestirse de un azul muy suave, muy allá a lo lejos entre las siluetas de las montañas. Una nubecita pequeña, pequeñita, pasó sobre mi cabeza, corría de prisa hacia el oriente, parecía una dama de honor que se había quedado dormida y llegaría tarde a esa coronación del Hermano Áureo. Las estrellas tímidas, la miraban pasar con asombro. De repente, ¡PUM!, el estruendo de un cohete despertó a las almas, asustó a los gallos que se tragaron el canto, la tierra vibró bajo mis pies de pura emoción y el diáfano sonido de un órgano rasgó la noche.

Me quedé allí sentada en una dulce contemplación. A lo lejos, las voces angelicales y el órgano llenaban el aire de perdón y paz. Esos cantos no solo expresan tristeza, son el preámbulo a la preparación del alma para entrar en los confines de la fe y conducirla paso a paso hacia la alegría de la Pascua y el renacer en un «corazón de carne», dejando atrás el de piedra.

Esos cantos sembraban un aroma de perdón y ese Hermano Sol que aclaraba ese horizonte a lo lejos, te tomaban de la mano y te llevaban al encuentro total con el Creador.

*

*

Entonces sentí una mano suave y delicada en mi hombro. Volteé con gran asombro y vi a un niño que con una gran sonrisa que olía al alba, era Jesús. Me preguntó con una vocecita que parecía un trino:

-¿Qué haces tú aquí?

-Estoy esperando que salga el Sol

-Yo nunca vi salir al sol- respondió con una gran curiosidad

-Si te quedas un poquito, lo verás. ¿Y qué haces tú aquí a estas horas?

-Estoy jugando en los columpios y te vi- contestó, como si jugar en ese instante eterno fuera lo más natural del mundo. Para agregar luego:

-Vine con mi abuelita y mi mamá que están por allá -dice mientras señala.

En ese instante mágico, el mundo pareció detenerse.

-¿Hay algún volcán con lava por acá cerquita?- me preguntó

-Que yo sepa no

-¿Y no hay lava?

-Bueno, esta roca es de lava muy antigua que el tiempo enfrió.

Le conté que hace millones de años, todo estaba bajo el agua y los volcanes escupieron su fuego bajo ese océano. Él escuchaba muy atento con la boca abierta, hasta que las aguas se retiraron y surgieron esas piedras donde estábamos.

 De pronto un amarillo deslumbrante comenzó a asomarse.

-¡Se puso más amarillo!- exclamó maravillado

*

*

-Míralo bien, que ya va a salir

-¡Ahí está!, ¡una puntita!, ¡ya salió!

*

*

Todo él hablaba de lo que estaba sintiendo. Era un contento nuevo, la primera vez que sus ojos veían salir al sol. La luz que vencía la obscuridad.

-Dios hizo todo esto- susurró con su vocecita extasiada.

*

*

Cuando el Hermano Dorado refulgía en el cielo, caminamos hacia la iglesia. Una atmósfera  de ensueños envolvía nuestras huellas, al llegar a la puerta donde los cantos seguían elevándose, me regaló una gran sonrisa y salió corriendo, perdiéndose en ese día que amanecía.

*

*

Ahí me quedé como en un sueño mirando al Señor del Consuelo, llenándome con el último canto que se le ofrecía, mientras iban llegando otros invitados.  Una mística muy especial circundaba el instante y de repente me reveló el gran secreto.

«Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos»

Y ahí, frente al Hermano Sol, a las piedras antiguas, en la compañía de Jesús, finalmente lo entendí.

MÉXICO

FEBRERO 2026

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