CANTOS PENINTECIALES
Bien tempranito en la madrugada cuando aun no se vislumbraba ni un solo indicio que el día estaba por llegar, desperté.
Los ojos enormetotes, abiertos de par en par, fue un interruptor que se activó sin ningún preámbulo, como los de un niño que espera el descuido de los ángeles para saltar de la cama y lanzarse a buscar un milagro que se le tiene reservado.
Esta madrugada iría en la búsqueda del Hermano Áureo en otro lugar. Mi destino era ese rinconcito mágico, hecho de rocas ígneas que asomaron hace millones de años, que guardan ese sabor de la Creación, cuando las sombras cubrían el terreno, hasta que se oyó esa voz que dijo:
“Hágase la luz,” y hubo luz. Y Dios vio que la luz era buena, y Dios separó la claridad de la sombra. Llamó al resplandor Día, y a la oscuridad, Noche. Y hubo una tarde y hubo una mañana, así entre suspiros y bostezos nació el primer día. «
Para luego decir:
“Hágase un cielo en medio de las aguas, y que separe las aguas de las aguas.” Así que Dios hizo el cielo y separó las aguas que estaban debajo del cielo de las aguas que estaban encima del cielo. Para luego dejar emerger a la tierra. Y así fue. Dios llamó al cielo, Cielo y en él colocó dos grandes luminarias, la mayor para regir el día y la menor para regir la noche y también hizo estrellas. Y hubo una tarde y hubo una mañana…. «
*

*
Iría a ese lugar que conserva las huellas de cuando el cielo se separó de las aguas y de cuando nació entre ellos la tierra. Es mi platea sagrada. Antes cuando el calor no quería descansar, en las tardes, cerca del atardecer, iba allí para que la brisa me contara cuentos con frescura en mis orejas, las que se deleitaban, mientras el pueblo descansaba abrumado a mis pies.
O subía lento y pausado por esa escalera de piedras al campanario pues también ELLA, la luna, sale del mismo lado que ÉL, emerge transparente preparándose para vestirse de encajes blancos, lista para despedirse, cuando ÉL se retirara y recibir a su séquito de estrellas en ese azul profundo, eco del infinito.
Allí, en el corazón del cerro, custodia el camino la Iglesia del Calvario. Es un sitio pequeñito, casi un susurro de piedra, pero tiene un hechizo que te imanta, allí vive el Señor del Consuelo, siempre dispuesto a que las almas heridas se vuelquen a ÉL para confortarlas .
*

*
No solo iba a buscar al sol, sino además a escuchar los Cantos Peninteciales que se le ofrendarían, en este segundo viernes de la Cuaresma, esos que se cantan para el arrepentimiento, para prepararse para la Pascua, que reflejan el desierto, la alianza y la conversión, y ni se diga la contrición por todos los pecados cometidos, contra Dios, contra los hermanos y contra uno mismo, que nos separan de esa unión con lo celestial.
«Os daré un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros…»
Crucé el parque bien abrigada, pues allá arriba la brisa hiela. Ahí sin esperarlo me topé con un gran corazón rojo que brillaba, adorno para las bodas comunitarias que se habían realizado.
*

*
El pueblo estaba mudo, vacío, todo era silencio, ni una claridad en el firmamento. Caminaba, caminaba, iba rumbo al encuentro, el corazón latía con contento, iba a ver el instante preciso en donde la luz nacería y sentía que cuando eso sucediera, renacería con ella.
Las manos se elevaban solas mientras subía la cuesta, como si fueran los remos que me impulsaban en ese fluir sin detenimiento.
De pronto un gato apareció de la nada a lo lejos, quedó en esa posición como si estuviera en guardia, me clavó su mirada esmeralda que resplandecía, para salir luego corriendo, para detenerse de nuevo, darse vuelta para llamar mi atención, como invitándome a un juego sagrado, como si fuera una travesura con la que la vida nos sorprende cuando decidimos mirar con el corazón y un poco con esa imaginación que despliega.
-Sígueme- parecía decirme y se perdió en la noche
Tomé la calzada que lleva a la puerta de la Iglesia, estaban los de los cantos en sus últimos preparativos. Me invitaron a pasar. Así lo hice. Saludé al Cristo doliente, engalanado y hermoso. Me quedé en silencio con ÉL, para luego retomar mis pasos e ir a hacia mi palco de piedra para ser testigo de esos primeros rayos de Gloria, donde la luz vence a la obscuridad y la música de los Cantos Penitenciales haría que el alma se elevara al infinito.
*

*
¡Y qué sorpresa!, allí sentado justo en mi sitio, estaba el gato de nuevo. Sus ojos brillaban como dos brasas místicas. En cuanto me vio, dio un brinco y me dejó el lugar, como un muy buen anfitrión.
– ¿Y tú?, ¿qué me quieres contar?
CONTINUARÁ…
MÉXICO
FEBRERO 2026
***
EL CIELO SE PIERDE EN EL INFINITO
SOLTAR EL LASTRE, VESTIR AL VIENTO
EL DESCENSO DEL ANACORETA DEL SILENCIO
***
Te invito a visitar mi página de face
Y TAMBIÉN EL BLOG
puedes encontrar otras entradas que te interesen.
GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!

