CUANDO EL CIELO LLORA DE RISA

LA PRIMERA LLUVIA

Pasó una nube por un cielo azulado, vibrante y sin «contraseñas». Iba la pobre gritando algo ininteligible; rugía mientras lanzaba rayos y destellos que refulgían sobre el gris borrascoso que la pintaba.

Yo miraba por la ventana, un poco extrañada, preguntándome qué berrinche traían allá arriba. Todo esto mientras intentaba mantener mi asana en la clase de yoga por internet: parada en una sola pierna, la otra cruzada sobre el muslo, en esa postura que llaman de «media silla» o Eka Pada Utkatasana, que lo pronuncie quien pueda y las palmas unidas frente al pecho en el mudra de la oración, el Anjali. Esa ofrenda divina que, se supone, equilibra los hemisferios y te llena de una calma interior… siempre y cuando no te vayas de bruces al suelo, pero eso ya es «otra cosa, mariposa».

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En esas estaba cuando, para más sorpresa, se apareció «Mi Misma». Había venido de visita inesperada desde su reclusión, pues le había dado por querer ser monje de clausura. Quería vivir en un claustro de blanco profundo, meditando y creando cánticos para salir de ese laberinto que, como cueva sombría, la había atrapado. Decía ella que no era más que la «noche oscura del alma» que hay que cruzar para resurgir entre nubes de espuma. ¡Vaya usted a saber en qué pasos anda!

-¿Qué le pasará a esa nube loca?, va como desvariada, pegando alaridos que hacen cimbrar el suelo-comenté mientras me sostenía para no perder el equilibrio después de esas distracciones.

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«Mi Misma» no contestó nada (fiel a su costumbre). Solo me miró y se fue por donde vino, sin inmutarse ante semejante suceso: una nube de lluvia enajenada en esta época del año. A estas alturas, es hablar de una bendición del cielo, sería una hazaña que sorprendería a cualquiera, pues no es tiempo de que el agua caiga.

-¿Será que anda perdida? -pensé.

Ahí quedó la cosa. Después del Savasana, esa postura deliciosa la del «cadáver», que se hace al finalizar la clase, donde uno se queda como «muertito» tras el delirio en que fue sometido, me sentí renovada. Porque mira que en el Vinyasa Yoga uno se mueve, sube, baja, salta y busca el equilibrio sano… Inhala, exhala, hay que coordinar con los movimientos… Y cuando crees que ya lo lograste, ¡pum!, otra transición. Es pura tendencia dinámica, nada que ver con la calma del yoga tradicional; esto es casi aeróbico y más teniendo en cuenta quien es quien la imparte. Por eso, cuando la profe dice: «Savasana», es como si el cielo se abriera. Uno se desploma en el suelo y ahí se queda, en relajación total, guiada por su voz armoniosa.

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Terminada la tortura, a la cual se somete uno por voluntad propia, tal vez sin darse cuenta hay un rasgo masoquista detrás de esto. Vaya a saber, mejor dejarlo por ahí, salí al patio flotando en mi propia nube.

El cielo se estaba tiñendo de un gris ceniza. Desde el ángulo donde se alcanza a ver la puesta de sol, los copos blancos brillaban con una luz intensa en una carrera imparable hacia la oscuridad. Los truenos retumbaban como tambores de guerra en el aire, trepidando para avisar que estaban cerca.

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Me quedé absorta. Llevaba meses sin ver una sola gota derramada. No era su tiempo, pero ya sabemos que hoy día «el tiempo» es cualquier cosa. Mejor no esperar nada: lo que fue, ya fue; lo que será, solo Él lo sabe; y lo que es… a veces hasta se duda.

El juego de luces y sombras era fuerte y cálido. Un fenómeno infrecuente, aunque ahora lo infrecuente se hace costumbre y todo se alborota. Y así como llegó, se fue. Se arrepintió. Fue puro «pamento», ganas de alardear y crear expectativas.

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¿Saben?, el mundo está así: un desconcierto que hay que intentar volver «concierto» dentro de uno mismo. No desafinar, no dejarse llevar por las apariencias ni por lo que se pregona. Hay que vivir al día, con osadía, figurar lo menos posible y permanecer en un sano equilibrio (y confesados), pues no sabemos cuándo nos tocará, de a de veras, el Savasana de la vida. Esa realidad que a todos nos espera; la única certeza sin vuelta atrás. Más ahora que los misiles de largo alcance y los drones paseanderos están de moda por las alturas.

La noche apareció callada y lenta. El firmamento seguía «rarito», como si tuviera algo atorado. De pronto, se empezó a escuchar un tintineo: como dulces cristalitos cayendo, como un palo de lluvia muy suave, suavecito… Era un sonido que aquietaba el alma, una letanía de chispas lumínicas.

Me levanté de un salto y salí. Ahí estaba: la lluvia bendita regalando sus gotas, una tras otra. Lo primero que cruzó mi cabeza fue:

«El desierto ha de estar feliz, y en unos días nos regalará su florecimiento».

¡Bendita sea esta dicha inesperada de los Cielos!

MÉXICO

MARZO 2026

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Agradezco fotos tomadas de internet

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