«Decidme, ¿las tenéis en vuestras casas?»
Salimos cuando todavía el sol reinaba en lo alto, antes de que el frío congelante se adueñara del instante. Íbamos rumbo al monte, hacia el cauce de un río seco que pretendíamos remontar, subirlo como quien le da vuelo a un papalote, para cerrar el año con un paseo por el cielo.
Sumergirme de nuevo en aquellos vientos, después de tanto tiempo de ausencia, fue un gran acontecimiento. Mi corazón rebosaba de alegría antigua, era el regresar a las andanzas, a esas aventuras del encuentro y a todos esos detalles sutiles que la vida nos tiende para que, al fin, abramos los ojos y reparemos en su esencia. Momentos de gozo que nos arrancan sonrisas, o incluso hasta risas, al hallar lo inimaginable a nuestro paso.
Dejamos atrás el pueblo. Poco a poco las casas comenzaron a salpicarse en el paisaje, señal inequívoca de nuestra huida. Dejábamos ese «muégano» de construcciones de bloques y cemento, que no permite al aire circular, esas murallas en que se han convertido los pueblos y más aún las ciudades. Esas urbes evocan el encierro, la cerrazón, la visión miope, similar a la del caballo que tira del carro, condenado por las anteojeras a ignorar la periferia, para mirar solo hacia donde quien lo dirige impone.
Recordé a Kahlil Gibran cuando al hablar de las moradas sentenció:
«¡Cómo pudiera juntar vuestras casas en mi mano y, como un sembrador, esparcirlas por el bosque y la pradera! Los valles serían vuestras calles y los senderos verdes las alamedas y os buscaríais el uno al otro a través de los viñedos, para volver con la fragancia de la tierra en las vestiduras.»
Aquí, en este monte de cactus, la búsqueda sería entre espinas y flores, guardianas del conocimiento sobre la dureza y el dolor de vivir, pero también de esa belleza que siempre camina junto a ellos Me perdí en el andar y en aquel recuerdo de décadas atrás, cuando esa lectura me sometió a una reflexión profunda y me encauzó por un sendero donde el infinito late más allá de cualquier cautiverio.
En el preciso instante de la evocación, se apareció ELLA. Casi llena, señora del atardecer, emergió para contemplarlo a ÉL, justo cuando se preparaba para desaparecer. Lo despedía para quedar ella como dueña absoluta, dispuesta a coronar la noche con un derroche de hermosura, escoltada por su séquito de estrellas.
*

*
Buen presagio.
«…¿qué tenéis en esas casas? ¿Y qué guardáis con puertas y candados? ¿Tenéis paz, el quieto empuje que revela vuestro poder?. ¿Tenéis remembranzas, los arcos lucientes que unen las cumbres del espíritu?. ¿Tenéis belleza que guía el corazón desde las casas de madera y piedra hechas, hasta la montaña sagrada?»
Las viviendas se distanciaban cada vez más. El «progreso» y el miedo suele llevarlos a construir pegados al vecino, y a nutrir ese afán humano de poseer, de bardar y clausurar los caminos, cercar al monte. Pero nosotros marchábamos sin pausa, contemplando la luna y respirando ese aire fresco colmado de silencio. Así llegamos a ese portal coronado por árboles que nos marcaba la última casa y la entrada al monte pleno.
*

*
«¿O tenéis solamente comodidad y el ansia de comodidad, esa cosa furtiva que entra a una casa como un huésped y luego se convierte en dueño y después en amo y señor?»
«Aunque sus manos sean sedosas, su corazón es férreo. Arrulla vuestro sueño solamente para colocarse al lado de vuestro lecho y escarnecer la dignidad del cuerpo.»
A nuestra espalda ella seguía asomándose con timidez. Su amado, en la exuberancia de su declive, no permitía aún que ELLA plasmara su luz, pues es de él de quien la recibe. Sin embargo, ella recorría el cielo hacia el cenit, extasiada, sin perder la esperanza de que algún día, en un instante imprevisto, pudiera fundirse con él, vestida con sus rayos radiantes que se tornarían plateados para no deslumbrarlo.
*

*
«En verdad os digo que el ansia de comodidad mata la pasión del alma y luego camina haciendo muecas en el funeral. Pero vosotros, criaturas del espacio, vosotros, inquietos en la quietud, no seréis atrapados o domados. Vuestra casa no será un ancla, sino un mástil.»
El silencio ya tintineaba como un eco en sí mismo, con una vibración que solo los sentidos muy agudos podían percibir. La calma se apoderó de mi cuerpo, aquietándolo en pleno movimiento, dándole una razón de ser. Ese templo sagrado donde habita el espíritu me llevó a bucear en la frecuencia del tiempo, donde el espacio se unía al infinito y el alma revolotea, cual papalote en el azul cerúleo del firmamento.
*

*
«Porque lo que en vosotros es ilimitado habita en la mansión del cielo, cuya puerta es la niebla de la mañana, y cuyas ventanas son las canciones y los silencios de la noche.»
Unos pasos más adelante, sin previo aviso, la sorpresa aguardaba. Lo que nunca se imaginaría ver en un desierto vacío de enseres humanos, rodeado solo por la soledad de sus cactus… allí estaba, revelando que…
CONTINUARÁ…
MÉXICO
DICIEMBRE 2025
***
RUMBO AL MONTE: EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO
RUMBO AL MONTE: EL ÚLTIMO DÍA DEL AÑO (2)
BUENAVENTURA EN EL AÑO QUE SE ACERCA
***
Te invito a visitar mi página de face
Y TAMBIÉN EL BLOG
puedes encontrar otras entradas que te interesen.
GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!

