«LA VIDA ES UN SUEÑO, NADA ES VERDAD»

AL SEÑOR DEL DANZÓN

Tu reloj terrenal se detuvo para dar paso al infinito. Llegó tu hora de abandonar esta orilla y seguir rumbo a ese destino que solo los espíritus conocen.

Una melodía suave y coqueta se dejó oír, como si te invitara a salir tras ella, cruzaste el portal, del otro lado, la Catrina deslumbraba con un vestido largo de noche y un glamour refinado, con su abanico en la mano, bella muy bella vestida, era un alucine en medio de ese escenario florido, atraía.

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Ibas vestido con ese traje blanco preparado para bailar con ella ese danzón que ya saboreaba y esperaba para con ese ritmo cadencioso emprender el viaje. Le hiciste un guiño, te acercaste con elegancia, mientras las flautas y los violines dejaban caer ese dejo de melancolía, de nostalgia, la envolviste y románticamente comenzó ese deslizarse en el aire, donde la adornaste de formas para que reluciera y así la sedujiste en este nuevo comienzo.

Dejabas atrás ese transporte de carne y hueso, esa vestidura que pesaba, que estaba averiada y doliente, agotada de mantener en sí misma el milagro de la vida. Sin embargo, tú, no desapareces, no te desvaneces en la nada, regresas al origen, a la Fuente que imbuyó en ese cuerpo la llama de la existencia y la envió aquí a completar un ciclo cósmico para que creciera, para luego, regresarla a ese umbral desconocido donde finalmente, el misterio te será develado.

«El dolor de la muerte me ha rodeado.

Yo lloro, estoy triste»

Para quienes aquí quedamos en este plano, el dolor se instala en nuestro pecho, justo al lado de los latidos del corazón. Hay que llevarlo pues es parte de nuestro duelo terrenal. Sin embargo, no entremos en los laberintos de la mente, esa que siempre busca tomar el timón con culpas, negaciones,  resistencias y le da vuelo al sufrimiento. Como bien decía Buda, «El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional.»

Hay que aprender a habitar esta nueva realidad. Darle cauce al sentimiento, sabiendo que en este plano de cuentos y formas, la verdad fluye por otro lado.

«Ya nada verdadero decimos aquí dador de la vida.

Sólo como un sueño, sólo

en sueño hablamos en la tierra.

Nadie habla con la verdad aquí.

Nadie habla con la verdad aquí.

Nadie, nadie, nadie, vivimos realmente aquí.»

Ahí estaban encandilando a ese público de estrellas cuando ya la danza marcaba el montuno, ese final que lo caracteriza y el ritmo se volvió más intenso, rápido, alegre y tomados de la mano en arco se desvanecieron.

El carromato ya no resistió y se pulverizó, sin embargo la chispa que habitaba en él, esa esencia eterna, brilla ahora con una luz que ya no conoce el tiempo.

¿Acaso volverás en un nuevo carricoche, puro y sin estrenar?. ¿O será que ahora tus pies no tocan suelo y te has convertido en vuelo?.

Hasta pronto, amigo mío, hasta que nos reencontremos…

***

Salimos a darle movimiento a ese peso que se había instalado en el pecho, a través de él drenar el dolor que emponzoña al ser, en esa embriaguez que lo ahoga, donde la tristeza se hace cargo y encierra al alma en una irrealidad, en una negación, para ir saliendo poco a poco de la sorpresa y empezar a aceptar que seguiste el camino, que perdurarás en nuestro recuerdo. Soltar, dejar ir, pues la muerte es algo natural, es la única certeza que tenemos en esta vida, la cual hay que respetar, ofrendar, no temer y por fin admitir.

No hubo mejor bálsamo que avanzar paso a paso, hacia el corazón de la naturaleza, hacia ese templo de magia y silencio que es el desierto cuando lo abraza el invierno.

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Caminábamos por el cauce de un río seco, con la lentitud de quien procesiona el enigma. El día se apagaba con la suavidad de un velo etéreo de luz que caía, él también fenecía, se entregaba a esa muerte necesaria para poder renovarse.

En cada matiz de la tarde, la luz de este mundo se desvanecía y cedía a una obscuridad radiante.

*

*

Era como si la naturaleza misma en su sabiduría nos revelara el arte del desprendimiento, ese sutil ir desenganchándose de tu presencia en la tierra para que pudieras ¡por fin!, alivianado de la carga, desplegar tu aleteo libre y soberano.

Las siluetas comenzaron a emerger en el horizonte, dibujando el contraste sagrado entre la penumbra que se asentaba y el último fulgor que se irradiaba en el cielo. Ese tránsito nos susurró que nada termina realmente: la vida se expande, se absorbe y desaparece ante nuestros ojos mortales, solo para reaparecer en un plano más vasto.

*

*

La muerte no es el fin, es la posibilidad de esfumarse para volver a relumbrar.

Así, la noche se acercó pausada, sin prisa, adueñándose del tiempo para revelarnos su última verdad, la mayor belleza del crepúsculo no reside en la luz que se va, sino en el brillo eterno de las estrellas que, al fin, se dejan ver y tú entre ellas.

«Nadie se quedará en la tierra»

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Gracias amigo mío, por haber compartido hasta el último momento…

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ENERO 2026

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