LA DIGNIDAD DEL CUELLO PELADO
El día empezó a correr por la hondonada de la noche, Marte rojo medio cobrizo refulgía con un aire tímido en lo profundo del infinito.
Un estiramiento y un gran bostezo anunciaban que era hora de saltar a la nueva jornada amanecida, en la que ni el fresco ni lo tibio revelaban su rumbo.
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A lo lejos un gallo gritaba con un lamento apocalíptico como si estuviera viendo que el fin llegaría en un instante que no se percibía, su cuello pelado por esa muda de plumas que estaba teniendo, lo hacía sentir menos que el otro que tenía enfrente, ese que se contorneaba como gran señor, el mero mero de ese gallinero donde pocas gallinitas había.
Por eso estaban atados: dos machos no podían disputarse a tan pocas hembras; la consigna era que uno debía partir.
Las peleas eran tan frecuentes que las plumas volaban por doquier. Día tras día, con una paciencia inaudita, se dedicaban a la labor de intentar desatarse. Cualquier movimiento diferente del contrincante ponía a ambos en alerta; se paraban de frente, se miraban con fijeza y se estiraban buscando, vanamente, alcanzar al otro con sus picos afilados por tantas horas, días y semanas de obsesiva rivalidad. Y todo esto, a pesar de que las gallinitas ya habían sido retiradas y estaban en otro lado.
El gallo «pelado» sintió el filo de su pico contra el nudo del mecate áspero. Un tirón. El último. La soga cedió y, por un instante, el peso de la libertad fue más grande que el peso de la rabia.
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Su primer movimiento no fue la estocada largamente soñada, sino un bostezo más hondo que el de la alborada, liberando el aire estancado de semanas. Se irguió, sintiéndose inmensamente solo en la tierra que antes había sido la razón de su existir. Las gallinitas, las hembras de escasas plumas, eran ya una fábula en otro corral, tal vez hasta con un nuevo dueño y señor que las liderara, un espejismo en la memoria afilada del rencor. Solo quedaba la rutina: la inercia de la guerra, toda esa testosterona empleada en prevalecer, en la búsqueda del ganar sin importar a quien se arrastre, esa fuerza que se resiste a detenerse, donde el odio y las emociones desatadas, el ataque al ego enseñoreado es más preponderante que cualquier otro sentimiento y, que la vida misma.
Levantó la cabeza y miró al otro, al gallo grande y orondo, cuyo cortejo de señor se había detenido en el aire. El reflejo cobrizo de Marte ya se había apagado, pero una luz nueva, sin nombre, encendía las pupilas del rival. Por primera vez, el gallo desatado vio en la fijeza del otro no un desafío, sino el mismo vacío, idéntico, que ahora sentía él.
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Su pico, arma tallada por la obsesión, fue a parar al último eslabón de esa cadena compartida. Con un gesto de bondad que su propio cuerpo no entendía, rompió la atadura del contrincante.
No hubo agradecimiento ni furia. Solo silencio. El gallo desatado dio media vuelta. No echó a correr, sino que caminó despacio, con esa dignidad pelada y sobria, hacia el resplandor que crecía más allá de los barrotes. Cada paso era un corte que liberaba no al cuerpo, sino a la mente del recuerdo de todos aquellos momentos de duelo. Se llevaba la única verdad que aquella jornada le había ofrecido: que la batalla más cruel es aquella que se pelea sin premio ni propósito, y que la victoria más grande reside en dejar que el otro también sea libre, para así poder serlo uno mismo.
El gallo «señor» se quedó en el centro del corral, un monarca en un trono de paja inútil, el pico libre, pero el cuerpo aún prisionero del viejo hábito. Miró la soga rota, y luego al cuello desplumado que se alejaba. El sol que ahora subía no brillaba sobre un vencedor, sino sobre dos gallos: uno que eligió ser libre, y otro que el ser el último en el campo de batalla.
MÉXICO
NOVIEMBRE 2025
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