El día del Grito de Independencia
Si hay una fecha importante en México celebrada en su máximo esplendor, es el 15 de septiembre, la noche previa a su Independencia cuando el Presidente da en el Zócalo el famoso Grito.
Si bien cuenta la historia que el cura Hidalgo, llamó a misa en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, haciendo sonar la campana de Dolores, en donde el pueblo acudió al llamado del «Padre de la Patria», y con la proclama de:“¡Mexicanos, viva México!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, ¡Viva Fernando VII! y ¡Muera el mal gobierno!”; los incitó a levantarse contra los españoles que gobernaban en ese momento en la Nueva España ya que al estar España invadida por el ejército de Napoleón, se dice que en ese momento no se buscaba la Independencia sino el regreso de la antigua autoridad. Más allá hay varias versiones sobre la historia que se contradicen, pero bueno no es de eso que quiero hablar. A este suceso se le conoce como Grito de Dolores.
Sin embargo, a medida que pasó el tiempo la fiesta se empezó a festejar una noche antes, con una verbena popular, música, baile y el pueblo comenzó a ir a los zócalos de los diferentes pueblos y ciudades a celebrar y escuchar a la autoridad dar a las 11 de la noche el famoso Grito.
Corrían los años setenta y algo del siglo pasado, llevaba apenas un par de meses en Ciudad de México, al llegar septiembre toda la ciudad se empezó a vestir de los colores de la bandera, el rojo, verde y blanco aparecían en cualquier lugar que uno iba, los canteros en los parques, los camellones en las calles lucían con flores y plantas que semejaban el símbolo patrio, los restaurantes, las tiendas, las calles principales al igual que los edificios despertaron a la noche del 1 de septiembre con luces que las adornaban y las volvían un paseo digno de recorrerse, donde se podían ver a los diferentes personajes de la historia representados con ellas y los colores conmemorativos, todo ello un deslumbre para la mirada.
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En los diferentes barrios y esquinas se podían ver carritos que vendían todo una muestra de suvenir que lo recordaban, al igual que vestimenta en manta, grandes sombreros mexicanos, banderas que ondearían en las casas, era un despliegue que no permitía olvidar el instante en que se vivía.
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Todos hablaban de ese día, de qué se iba a hacer, de donde se iba a pasar, ya que en la mayor parte de las casas se festejaba con una fiesta mexicana o se asistía a una de ellas, donde la comida, la música, el vestirse de forma tradicional, era lo esperado. Otros irían al zócalo o saldrían a algún pueblo, donde fuera se sabía que la alegría era lo que iba a reinar y la deliciosa comida tradicional.
Es que septiembre es considerado el mes de la Patria y todo se adorna con sus colores para conmemorarlo.
Me invitaron a ir al zócalo, cosa que me emocionó mucho pues no me quería perder esa celebración, vivirla en el mejor punto y desde ahí conocerla.
Llegó el día y allá nos fuimos a disfrutar de lo que nos estaba esperando.
Si bien el Grito era a las 11 de la noche, salimos mucho más temprano pues primero iríamos a cenar a un lugar muy especial, un antojito mexicano muy característico de ese sitio, así me dijeron, pero era sorpresa.
Tomamos el metro, pues ir a esa parte de la ciudad en esas fechas en auto era todo un desafío pues muchas veces solo se encontraba lugar para estacionarlo muy lejos y no valía la pena.
Nos bajamos en la estación de Bellas Artes, donde el hermoso Palacio iluminado, junto a la Alameda Central, y frente la Torre Latinoamericana, ese edificio que era uno de los más altos de Latinoamérica, era un espectáculo que hacía que el corazón comenzara a latir de una forma desacostumbrada, que los ojos ni pestañaran, ya que el asombro se había posesionado de ellos al igual que de la boca abierta, era un ambiente de jolgorio, todo el mundo estaba feliz, contento, dispuesto a disfrutar al máximo el momento.
Me sentía como niña en una fiesta muy mágica y eso que recién comenzaba.
Tomamos la calle de Maderos, la principal para entrar al Centro Histórico y para dirigirnos a ese lugarcito que me aguardaba con otra de las delicias de la comida mexicana que aún a esa altura era un misterio.
Caminamos unos pocos pasos y ahí apareció: el Samborns de los Azulejos, como se le conoce a ese edificio que está revestido con toda esa talavera hecha en el Estado de Puebla, que lo hacía lucir de una belleza para ser contemplada y quedarse por un rato extasiado en ella.
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La Casa de los Azulejos o también conocida como el Palacio Azul es una construcción novohispana que lleva mucho tiempo en el lugar, cuentan que Hernán Cortés fue el primer dueño de ese terreno que cedió una parte, luego fue adquirido por los Condes de Orizaba y a partir de ahí, fue pasando por diferentes manos hasta llegar a las de un estadounidense dueño de las droguerías y fuente de sodas Sanborns Bros.
Cuando se abrió su primera tienda, se cuenta que Porfirio Díaz, el Presidente de México por treinta años, que detonó la Revolución Mexicana y su esposa acudían con frecuencia a tomarse un sundae o un banana split.
En 1914 Sanborns tuvo otro de sus momentos memorables, cuando los revolucionarios entraron en la ciudad antes de ir al Palacio Nacional, Villa y Zapata con parte de su ejército se detuvieron en la tienda para tomar chocolate, café y pan.
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También se convirtió en lugar de reunión de muchos escritores, poetas e intelectuales mexicanos, así como referencias de novelas y cuentos que mencionan sobre todo a sus paredes de talaveras.
Era la primera vez que iba a entrar en él, se me hacía un sueño nutrido por toda esa atmósfera que se vivía, esos sonidos de cornetas y silbatos que inundaban las calles, esa algarabía de los que se sentían dueños de ellas, ya que se habían cerrado, devolviéndole al peatón la libertad de transitar por ellas, la luminaria, todo llevaba a que uno se desprendiera de la realidad cotidiana y se dejara llevar por el espíritu del momento.
México estaba de fiesta y los victoreos y el ¡¡¡VIVA MÉXICO!!! se escuchaban.
Abrimos la puerta, la característica tienda de regalos, tabaquería y farmacia se presentó a nuestros ojos, no muy diferentes a todas las otras sucursales que se extendían por la ciudad, sin embargo una pintura llamó mi atención, el mural «Omnisciencia» del pintor José Clemente Orozco uno de los grandes muralistas mexicano nos recibía.
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No permitió otra cosa que la sorpresa invadiera el instante y el deleite y ese embrujo de sentirse en un palacio por donde la puerta que se tenía delante nos iba a llevar a ese otro escenario, un patio increíblemente hermoso, llenó de mesas, donde una fuente cantaba a ese día tan especial, recubierta con esa cerámica de talavera que un día había enamorado a la dueña de la casa que fue quien la mandó a adornar con ella.
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Cumplía su mismo objetivo hechizar a quien se acercara a ella y a ese espacio que se encontraba repleto de todos aquellos que al igual que nosotros habían tenido la idea de ir a cenar en él.
Y ahora vendría ese otro asombroso momento en que me sería develado ese plato tan particular con el cual festejaría mi primer Grito en la capital.
-Tres enchiladas suizas, por favor.
CONTINUARÁ…
MÉXICO
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Acá a Fernando VII, de mal recuerdo le llamamos el felón. Un Borbón déspota, traidor y mentiroso que arrasó con la misma constitución que le aupó al trono. Eran otros tiempos, pero en particular considero que expulsar a José Bonaparte fue un terrible error. Un abrazo.
Nos quedamos a las puertas del recetario!! No te olvides.
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Todos eran por el estilo, la verdad que aquí tampoco queda claro, si quería la independencia o no, si dijo lo que dicen que dijo o dijo otra cosa.
Eso sí el grito se festeja, más allá de la Independencia, la gran fiesta es lo que se celebra y a veces ir a abuchear al Presidente de turno.
Para la próxima va el recetario Un abrazo grande
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Actualmente vivo en el extranjero. Viviendo alla consumia enchiladas suizas, en un ptatillo de barro, con queso derretido por encima. Muy sabrosas. El caso es que volvi despues de muchos años y fui con mis hijos a consumir enchiladas suizas (en la casa de los azulejos), que decepcion, ya no la sirvieron en el platillo de barro y el sabor de la mezcla de tomate y crema no era el por mi recordado. No consumi la mayor parte y la rechace. Me propusieron un cambio, que no acepte y pedi la cuenta.
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Así es Darío, lo que cuento es del siglo pasado, en la actualidad nada es lo que era, ni los sabores de los ingredientes, el queso oaxaca es plástico y así todo. Buscar lo que fue será en general una gran decepción, más en estos tiempos.
Sé lo que sentiste, y lo lamento, un abrazo grande
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Me encanta que te avoques a dar a conocer cosas de México. Tenemos un país hermoso y lleno de cosas que valen la pena ser descubiertas para los que aún no han estado aquí, y de hecho, se puede estar en México a través de las cosas que compartes. Bravo.
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Gracias Ana, sin lugar a dudas México es un país muy bello con mucha variedad de todo, desde comidas, paisajes, lenguas, historia, actividades, cultura, la lista no se acabaría, un abrazo
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