Cuando el otoño se viste de primavera
-¿Quieres ir a caminar?- me preguntaron.
Después de dudar un poco, de reflexionar unos instantes, de mirar hacia mi adentro dije con convicción:
-Sí
-En media hora salimos
-Está bueno
Así fue, pues con eso que cada día hay algo que me detiene en ir a dar la vuelta, que ya no se claro si son excusas que algo dentro se pone o en realidad la cosa no está como para estarse aventurando por más que uno viva se puede decir en un lugar casi vacío.
Allá partimos, fuimos hacia arriba en el cerro por ese camino que va a la gran explanada donde la visión es espectacular.
El día aunque un poco fresco nos regalaba unas luces muy hermosas, para añadirle un detalle esplendoroso a esa salida del encierro, no solo del del virus sino del de uno mismo. Nos alejábamos del hormigón, de las paredes y tomábamos los caminos de tierra.
Iba viendo como el mundo había florecido, se me hacía increíble, con eso que la lluvia había derramado su sagrado brebaje sobre estas tierras tan necesitadas de bebidas que la alimenten, se había transformado en agradecimiento a esa acción del cielo y parecía que no era el otoño el que había llegado sino la primavera,.
Capacidad que siempre me sorprendió de estos desiertos o zonas semi áridas, como con pocas gotas lo que duerme bajo su manto , crece y saca el encanto escondido en un parpadear de los ojos.
Cuando agarramos el camino cerro arriba, donde ya habíamos dejado al pueblo detrás, iba mirando todos los ejemplares de flores silvestres con los que la Madre Tierra nos deleitaba, con unas formas y unos colores sorprendentes.
Amarillas, moradas, fucsias, blancas, en forma de estrellas, de ramilletes, entre cactus, biznagas, un deleite que había que agradecer, ese presente preparado para esta salida, que llena al alma con pequeñas pinceladas de vida silvestre, sencilla, simple, tanto que hay veces que no hay quien las admire, solo para aquellos que las saben ver pueden ser un gran remanso para el alma.
Subimos, subimos, a paso firme y continuo, cuidando mucho por donde se pisaba pues con eso que el agua había caído a raudales también había deslavado parte del camino, hasta que llegamos a un tramo que antes lo habíamos pasado por un costado sin embargo ahora no estaba recomendado, había que hacerlo de otra manera.
Bajar ese hoyo que se había profundizado y volverlo a subir. Así se hizo y seguimos.
Ya la puesta del sol se aproximaba pintaba la cima de la montaña con un amarillo que la relucía.
Del otro lado comenzaban las siluetas a emerger, esas que en el contraste con el cielo marcan los contornos de esas imágenes tan típicas de México, que se disfrutan en ese silencio, ese silencio que lleva a detenerse unos momentos, tomar consciencia de las circunstancias, del entorno y sumirse en él.
Una pequeña brecha nos desvió del camino principal, un sotolín estaba en ella al cual me abracé para que me llenara y renovara mis energías y con un gran suspiro sacar para afuera esa fuerza contaminada, los pulmones se expandieron. Era como estar en el regazo de la Madre Tierra, tan necesario para estos momentos.
Mis compañeros habían bajado a un cauce de agua, allá me fui tras ellos, a seguir sus huellas.
Se estaba de exploración, a ver que se encontraba en las cercanías, era un paraje nuevo el que se estaba transitando, subíamos, bajábamos cuando de repente uno de esos muros construidos con piedras que vienen de la época prehispánica que se hacían para contener el caudal de agua que bajaba y que arrasaba con todo, dejando en el lugar solo la piedra, lo que hacía que como tierra de cultivo fuera infecunda, no se mantuviera y a su vez se crearan esas hondonadas que con el tiempo se iban acrecentando y eran las que nos regalaban esas paredes de tierra y piedra.
Por eso esas construcciones permitían subsanar en una parte el problema y tratar de mantenerlas.
Así la lección de historia surgió de alguien muy adentrado en esta región y que ama todo aquello que nació y nace de su propia cultura guardada en cada paso que se da por estos caminos.
Cuando ya íbamos de regreso una explanadita surgió. Nos detuvimos en ella.
-No aparece la luna, ya tendría que estar fuera.
En ese instante emerge un pequeño punto luminoso de entre una nube, los cactus columnares que se ven esbeltos, bañados y acicalados parece que la están mirando, todos muy absortos en esa bienvenida que cada mes le dan en ese encuentro.
La Luna de la Cosecha, la primera de octubre, pues este mes habrá dos, el cielo nos concederá un espectáculo no muy frecuente, dos plenilunios en el mismo mes, el próximo será el último día, caerá cuando en muchos lados se celebra a los Muertos Chiquitos.
Entre los cactus comienza a subir, en un amarillo muy particular, una luna mágica, pálida, hechizante.
Nos sentamos unos momentos a descansar, a contemplarla, a recibirla, mientras las fotos nacen, dejan la huella de su paso, de su nacimiento en estas tierras.
Luego de un rato en donde la noche ya estaba haciéndose cargo de la luz, más allá que la teníamos a Ella como fuente eterna de iluminación emprendimos la marcha, dejando esa gran inmensidad detrás.
MÉXICO
ZAPOTITLÁN SALINAS
CAMINO AL MONTE: EL VIEJO SOTOLÍN (3)
CAMINO AL MONTE: LA LUNA ESTURIÓN
CAMINO AL MONTE: LA GRAN EXPLANADA
CAMINO AL MONTE: ENTRE PAREDES (1)
CAMINO AL MONTE: ENTRE PAREDES (2)
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GRACIAS A TODOS!!!! SALUDOS!!!!


Gracias por rebloguear, un abrazo
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En este tiempo extraño. hay que hacer esfuerzos para salir del ensimismamiento y encontrarse, como vosotros, con el silencio de un atardecer. Como las flores del desierto celebran la lluvia. Un abrazo.
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Tienes razón Carlos, es un esfuerzo que tiene su recompensa y cada día te muestra algo nuevo, como esa celebración que bien dices de las flores. Un abrazo
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Bellísimo paseo.
Pura magia.
Abrazo, Themis
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Si lo son, hermosos, el espacio es un alucine, el silencio, la inmensidad, todos esos cactus, parece otro mundo, Un abrazo
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